andrea

Acá va la carta que nunca te voy a mandar. Me tomo una pausa para mirar el teclado y conectar con lo que me pasa con vos. Lo tengo presente todos los días, siempre le dedico un rato a rascarme por dentro y descubrir un poco más, pero después lo bloqueo para seguir con nuestro vínculo. Te pienso con mi edad, intento materializar tu cuerpo como en las fotos guardadas en el cajón, intento desordenarte y armarte como un puzzle, intento pensar como es que llegaste a ser este nudo de cables. Hace un año me angustiaba verte tan roto, hoy ese sentir es una luz tenue y violeta que se esconde atrás de algún órgano. Genuinamente lo visualizo así, así como la felicidad es amarilla la angustia es violeta. Me dolés pero nunca voy a dejar de quererte, viejo.
De nuevo me tomo una pausa, pero esta vez para aflojar el peso que se depositó en mi pecho e irónicamente me miro siendo otro nudo de cables que necesita mucha paciencia para deshacerse.  A la larga todos estamos un poco rotos, pegados con gotita, y eso no me asusta. Me asusta verme con tu edad repitiendo tu historia, y esta es la razón por la cual la carta nunca te la voy a mandar. No podría soportar que lo leyeras, no podría soportar verte llorar de vuelta. 

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