cardo azul

Miré el cielo estrellado, suspiré y esperé que pasaran los estruendos. 

Es el primer minuto del primer año que veo llegar sin estirar la mano y tocar a mi vieja. Todo lo que éramos ambas se ha transformado, nosotras, lo que nos ofrecemos y lo que somos capaces de darnos. La decisión fue consensuada, no más últimas horas del año mirando “Un horizonte lejano”. 

Ahora la historia debería ser otra, el verano me revive. Corre enero y se me van los días entre los dedos. Corro para alcanzarlos, siempre de atrás y los siento alejarse. Mi vieja vomita, llora, se caga en la fila del supermercado. Hace meses que todo lo que tengo en la cabeza es cáncer, cuándo empezó esto, cuándo se va a terminar, “dime cuándo cuándo cuándo”. 

Siempre busco en mi memoria alguna canción con la que completar las ultimas frases de cada conversación que tengo y a veces hasta me animo a cantarla.

Avanzar en estos días es mirar cómo se mueve la aguja del reloj hasta que llega la hora de comer bizcochos en la puerta del Pereira Rossel. 

Camino, no paro de caminar. Soriano, Convención, 18 de julio. Febrero también viene con cita ineludible. Siempre busco algo que me distraiga y vuelvo a lo mismo, cosas chiquititas. Compro un elefante verde, con adornos que parecen indios, lentejuelas, mejor no saber. Lo meto en una cajita y lo guardo para cuando llegue el día. Mi vieja tiembla de miedo y aprieta el elefante entre los dedos. Si todo sale bien, resistiremos los tres aunque quizá no haya milagro.

Todos los años espero ese momento en el que sé que voy a raspar la panza con la arena. Ese momento en el que luego de ver venir la ola, medirla y subirme a ella con el cuerpo pronto para llegar a la orilla algo sale mal, me falta el aire o junto demasiado las piernas. Ese momento en el que inesperadamente termino casi encallada, como ballena desorientada, con el pelo revuelto y la bombacha en los tobillos. 

Pienso y pienso, capaz me salteo marzo. Mejor no. En marzo solo hay más de lo mismo, un pañuelo blanco de algodón, pestañas cayendo al suelo y una muchacha bajita y con olor a sándalo que con paciencia infinita pegó pelo de mentira sobre los ojos hinchados y tristes de mi vieja.

Siento que capaz me llegó el momento, pero no me puedo dejar vencer. Levanto la vista al cielo y es otoño. No hay nada en mis días de aquellos días de alquilar un bungalow en Atlántida. 

19 de abril de 1961 y todos los abriles siguientes, desembarcan los treinta y tres orientales y desde el fondo del barco con la mirada clara y las manos firmes mi vieja teje, teje, teje. 

Antes, con las tetas rebosantes y rulos de permanente me hizo creer que el feriado había nacido con ella. Comemos, tomo cerveza. Mi hermano aparece en el cuadro como una imagen difusa de mi padre y me doy cuenta de que no me acuerdo de la cara de mi padre.

Otra vez avanzar es mirar cómo se mueve la aguja del reloj hasta que llega la hora de comer bizcochos en la puerta del Pereira Rossel. Primero de Mayo, carne en la parrilla y llorar desconsoladamente por si el mejor amigo que tengo, el mismo que hace cinco años duerme conmigo se muere hoy, primero de mayo. 

Este es el momento, ese instante en el que abro los ojos y arden. Hay mucha espuma, el agua entra en la nariz y puedo sentir también ese ardor.

Podría saltearme junio, pero me pido un día de licencia para ver Uruguay – Francia sólo para no escuchar “penal, juez” después de una falta en el mediocampo. Es el mes siete y la cita se repite. Le pinto las uñas a una muchacha flaquita que moja pañales mientras mi vieja me mira con los ojos llenos de lágrimas.

De julio mis 32, sólo después de contar la cita número ocho.

Me levanto a las 5 de la mañana y camino rápido a la parada del ómnibus. ¿Qué creerá que voy a hacer toda esta gente que me ve subir con los ojos cansados y olor a cigarrillo? Con agosto empieza la radioterapia. Son tres minutos, viajo de Solymar a Montevideo por esos tres minutos, todos los días, los 25 días.

Levanto la vista al cielo y es primavera. No hay nada en mis días de aquellos días de sexo a escondidas mil y una veces. 

Descansar es un verbo simple. Me subo a un avión y después de un par de horas todo el mundo se hamaca a la distancia. Octubre se despereza en un plato de bananas fritas, respira canela y me empuja a donde nunca quise estar. Descansar es un verbo simple para el cuerpo, pero la cabeza anda, anda, anda. 

Tomografía y resultado de campeones. El cuándo cuándo ya no es un misterio. Todo empezó y terminó en dos octubres, diferentes pero iguales, como si tuviera serias intenciones de cambiar el calendario gregoriano.

Noviembre es un bultito bajo el brazo, mi vieja que llora, mis manos que tiemblan. Noviembre es sólo una falsa alarma. 

Diciembre y mi vieja hablando de cáncer con un cocinero en la televisión, algo de pilotear el barco, de fuerza interior y otras vidas.

Todos los años espero ese momento en el que sé que voy a raspar la panza con la arena, ese momento en el que me siento una ballena fenomenal en una pecera. Siempre está a punto de llegar, siempre llega y siempre pasa.

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