chuminga cachucha

Llevaba más de 10 años deseando probar la ayahuasca. Había visto cientos de programas de tevé, me sabía de memoria todos los libros de Alejandro Corchs.
Sabía que los primeros sorbos no hacían nada, pero los segundos abrían la puerta de la percepción.
-Vas a tomar, ¿entonces? – me preguntó, desafiante, aquella lidereza indígena.
No respondí, pero sostuve su mirada e hice fondo blanco en aquella vasija diminuta.
Las puertas del Valhalla se abrieron para mí, entré montada en una lagartija inmensa. Mi pelo ondulaba al viento, y la arena del desierto se levantaba en suaves espirales.
¿Desierto?
¿No estaba en el Amazonas recién?
Adiós lagartija, me sorbió un agujero negro y me arrojó en una galaxia inmensa. Estaba en un viaje alucinógeno sin lugar a dudas.
Los anillos de Saturno se balanceaban al ritmo de “Let’s twist again” de Chubby Checker.
Miles de imágenes se interponían. Las copas de los árboles de paraísos, el patio de baldosas amarillas de la escuela de mi niñez.
El sabor de los alfajores del recreo.
La frialdad del mármol de otro colegio, religioso, al que también fui.
La vez que fui a rituales hinduistas con una profesora de yoga. Los mandalas que me enseñaron a pintar.
El día que me internaron, la luz de la sala de operaciones en mi cara. El rostro trancado de mi hijo bebé convulsionando en mis brazos.
Todas las imágenes y gritos se arremolinaron sobre mí, al punto de la locura, del llanto; pero también de la risa neurótica.

Perdí la cuenta de cuántas horas habían pasado.
Amanecí dormida junto al río.
Otro viajero me tapó con una manta y dejó una botella de agua mineral a mi lado.
-Despierta, debemos continuar.

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