chuminga cachucha

Hola Pablo:

Han pasado muchos años.

Pero ¿sabés una cosa? El año pasado te busqué por facebook. Sí, caí en esa.

Te vi corpulento, bah, gordo, en una moto y con una niña pequeña.

Me acordé de cuando íbamos a la escuela, y te dije que gustaba tuyo.

Y me dijiste que era gorda, y mi pelo era de paja y nunca nadie me iba a querer por eso.

Pero antes de eso, yo había averiguado tu teléfono, y llamaba a tu casa, esperando que me atiendas.

Solo escuchar tu voz quería, fuera del horario escolar.

Era una nena de 11 años, obsesionada, con ideales novelescos.

Empecé con trastornos alimentarios a los 12 años.

Sí, probablemente no haya sido tu culpa tampoco (después de todo, solo eras un nene del que gustaba la “gorda de la clase” que peor tragedia).

Y encontraste la burla, como muchos adultos lo hacen también.

Y le pediste a tu hermana mayor (cuando descubriste lo de las llamadas) que marque a mi casa, y que dijera (si yo atendía) que “tuviera cuidado, mucho cuidado”.

Eso nunca pasaba en las novelas. En las que veía en la tarde. Y fue feo, muy feo.

Yo era una nena que no salía a la calle. Ni andar en bici, ni a jugar al fútbol.

Las otras nenas que a veces venían a casa eran gordas también.

Y yo crecí, odiando mi gordura, y de a rato también odiando a otras nenas gordas, porque en ellas me odiaba a mí, o tal vez, porque haciendo eso, podía ser un poco como vos.

Y mi primer novio formal también se burlaba de las nenas gordas. Un día le dije que yo también había sufrido por eso, y ¿sabés que me dijo?
“¿Yo que culpa tengo de que vos seas una traumada a la que otros relajaron?”

También me molestaron un par de veces por mi pelo, ¿sabés? Pero a diferencia de mis kilos de más, mis rulos nunca me hicieron sentir insegura.

Una compañera de facultad me insistía todo el tiempo para que me planchara el pelo, así le gustaba al hermano de ella.

El hermano era lindo, sí,  pero no había feeling. Era, como decirlo… demasiado cheto para mí.

Y yo amaba mis rulos, y sacrificarlos para caerle bien no me parecía.

Y mi compañera de facultad también empezó a caerme mal.

Ahí reaccioné: nadie debería hacer opiniones no solicitadas de los cuerpos de otrxs. Pero me llevó muchos años, varias terapias.

Esta carta posiblemente sea otro intento tosco por terminar de sanar.

Como una vez le dije a mi psicóloga, lo que siento es que contigo perdí la ingenuidad.

La ingenuidad de que me iban a querer todos. La ingenuidad de que era linda.

Sinceramente, no se que espero con esta carta (sí es que espero algo).  Si es que este ejercicio anónimo (y acá me salgo de la carta…) te llegará.

¿Te reconocerás en estas líneas? ¿Alguien más se sentirá interpeladx con este texto?

Te disculpo, porque también tengo que disculparme a mí misma por sentirme herida, por ser cruel conmigo misma y con otros.

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