elena

Enero. Duermo, me despierto al mediodía, de madrugada, de tarde, a la noche. Tomo mate, leo. Dejo libros con lápices adentro por toda la casa. Nado de noche.

Enero es un paréntesis. 

Ese verano construimos un cementerio de latas de cerveza y colillas de cigarrillos (si, volví a fumar) ayudando a M con su mudanza. 

(Mudo piel:

Me encuentro en un hotel al lado de una ruta conocida. Nos refugiamos en un aire acondicionado de los ´90, en cigarrillos, en conversaciones sobre el pasado, en lo agotador de la militancia, en lo bien que se la chupo. 

Es un rockstar sin rock. 

Es un señor burgués con panza que me habla desde una ancianidad prematura, irreconocible. Sobrio es una mierda catolica llena de culpa. Pero me encanta estar con él de madrugada en mi camioneta, siendo tan consciente de mi juventud como del verano.) Febrero. Paso horas militando, pintamos un mural, voy a reuniones, armo actividades, mando miles de whatsapp, mails, conversaciones por teléfono, discutimos con S, leo y leo para refugiarme. Escribo: Porque las paredes son del pueblo. Porque tenemos que seguir construyendo colectivamente. Porque el patriarcado se va caer. Porque mis compañerxs están llenxs de vida y eso contagia. 

La narración es otra: pensamiento y acción. Conformar un movimiento de resistencia que construya lo otro. Lejos de la muerte. 

Marzo. Continuo con los ensayos de una obra con la que viajamos a Beijing en el 2016. Dicen que soy actriz, aunque odio la exposición y maquillarme. Práctico el texto con él, con todxs en todos lados. Es la única manera de no enredarme en los pensamientos de Salvadora (escribir sin parar) y en las muertes de Copi. 

Es el vértigo total.

Abril. Antes del estreno viajamos a Uruguay con M y C. Pensar que las conozco desde que tengo cuatro años, desde que tomábamos mate cocido y comíamos galletitas con formas de animales y confites de colores me produce una sensación de hermandad que antes no reconocía en otras mujeres. Reírse en complicidad con otras es la plenitud. La puta plenitud de la vida que tanto habla mi madre al desearme feliz cumpleaños, sin saber lo que es la sororidad, sin saber lo que es ser feliz sin plata. Mayo. Continúa la militancia y las funciones. El gobierno firma un acuerdo con el FMI. Comienza el final. Junio. Se aprueba en Diputados la legalización del aborto. Yo estoy enferma y lo miro desde el celular, afuera hace mucho frío. Estoy feliz mirando lo que otrxs me muestran. Pero me enoja no poder estar ahí. Pienso en todo lo que trabajamos, en lo histórico del momento, en la lucha de tantos años, en las que ya no están. Julio. No sé qué pasó. Hicimos la última función de la obra y nunca más volví a hablar con R. Este año me van a entregar el diploma de la carrera que tanto insistió que haga. Le agradezco, pero no me escucha. Me voy a dormir la siesta pensando en eso, en las cosas no dichas, en nuestras cruces. Agosto. Desborda. Siento ganas de vomitar cuando me pienso a mi misma. Entro en crisis con mi trabajo otra vez. Deseo trabajar en un supermercado para no pensar o vender libros para poder leerlos (o robarlos como hacía en la escuela) mientras espero que entre un cliente aburrido de su vida, buscando aventuras en una novela que no va a poder escribir nunca. 

Por qué la ficción es más intensa que la realidad? Por qué mi felicidad siempre es clandestina? 

Siento ganas de vomitar cuando pienso en la hipocresía de la sociedad y de lxs senadorxs que no aprobaron el aborto legal, seguro y gratuito. Pero ya no hay vuelta atrás. La calle voto y vamos a prender fuego todo. Septiembre. Finalmente tenemos la huerta en casa. Me encuentro con S en la felicidad de la tierra, en el trabajo en conjunto. En la paz de la naturaleza. 

Respiro. 

Algo comienza o muta. Octubre. La cobardía y el desgaste me tienen cautiva en una jaula. Piensan que canto pero estoy gritando. No doy mas. Ya no me divierto con nada. Me la paso llorando. Quiero dejar todo. Pero todo. Pienso en irme. Me harté de la rosca, de la paja, de mentir (me). Llamo a G le explico (creo) que ya no quiero estar donde estoy. Noviembre. Sigo mintiendo. Soy una irresponsable. Me revienta el estómago. Otra vez estoy en la cama sin poder caminar, ni comer, ni hablar. Si pudiera hablar al menos. Lloro, llena de inseguridades  que me despeinan y con el maquillaje corrido. Me doy cuenta que esta todo mal. Lloro en todos lados, en el laburo, manejando, comiendo, intentando decir. De repente entendí que esta todo mal. Que estamos llenos de violencia, de muerte y sufrimiento. Deje de comer carne, huevos, de tomar leche y me encontré. Diciembre. La tranquilidad me abraza. No la reconozco. Se siente bien, como una taza de té o una cerveza abajo del pino aquel. La tranquilidad de poder decir que no y poder esperar en la incertidumbre.

Siento el viento suave de una tardecita de verano y sonrío. 

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