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Despedí el año anterior en la terminal de Piriápolis llorando porque mi novio se iba a pasar un mes a Brasil. Nos separamos unas cuantas veces pero estando juntos nunca habíamos pasado tanto tiempo separados. Me volví a casa y seguí llorando unos cuantos días de enero. Unas cuantas veces guglié “como manejar extrañar a tu pareja”. Dejé las pastillas. Hace tiempo ya no tenía líbido y pensé que dejándolas me volvería. Me volvió y se lo contaba a mi novio sugestivamente por mensajitos de texto intercambiados entre mi iPhone y el Positivo que se había comprado en Brasil, compartido con su compañero de viaje. Pasaron las semanas y cada vez menos me encontraba llorando y cada vez menos extrañando. Llegó un punto que muy pocos eran los días que pensaba en él y me costaba devolverle sus “te amos”. Identifiqué cansancio, saturación, cosas que ignoraba me pasaban por estar en la rosca de vernos y la comodidad y los abrazos confortables. No tenía ganas de que volviera.

En febrero volvió y febrero fue un calvario mientras duró. Coger no era distinto y mi libido nada tenía que ver. Me separé por decisión propia por primera vez mientras trabajaba nueve horas por día en una librería que me pagaba dos pesos y no me daba el tiempo para pensarme ni sentir ni llorar viendo La La Land. Conocí tímidamente a la que luego sería mi mejor amiga. Me presenté por primera vez a un fondo audiovisual para el cual tuve que fingir presión baja en la librería para llegar a la deadline. Ganamos una mención y quise seguir haciendo esto.

En marzo seguía trabajando nueve horas pero ahora estudiaba cuatro, que igual me duró una semana. Empecé el semestre más desmotivante de mi carrera, salvo por una materia de documental en la cual empecé a filmar a mi vieja y los objetos que guarda y acumula en su casa representando a toda la gente en su vida que ya no está. Mi papá, del cual se separó; mi abuelo, muerto; mi hermano, en rehabilitación. En marzo empecé a estudiar de noche y terminaba muchas veces en el kioskito de Edgar tomando cerveza con mis compañeros. Fui a la marcha del 8 de marzo, y entre vino en caja en el callejón de la facultad y papas con queso azul terminé de asentar el amiguenamoramiento con esta piba que conocía hace años pero nos empezamos a dar pelota a principio de año. Nos ponía contentas que pudiéramos tener un aniversario tan exacto de nuestra amistad. Presentándole a otra amiga mía, las dos se volvieron mi soporte absoluto.

De abril no me acuerdo mucho, a decir verdad, quizás no me pasó nada interesante. Empecé a salir con otro pibe que medio me gustaba medio no me cerraba del todo, pero de él no sé si hablar mucho, pues no lo encuentro demasiado relevante. Quizás en un par de años ya ni lo recuerde. No sé su cumpleaños. Me suena que me mandé alguna cagada.

Mayo y la manija de las salidas con mi amiga nueva, ella empezó a hacer mil cosas que sentía nuevas, yo las mismas de siempre pero mejor acompañada. Tomé decisiones impulsivas y me sentía bastante fresca, pero nunca tan viva como cuando era más pendeja. Repetía y repetía salidas que capaz ya me quedaban grandes. Hice de goma el Farolito de los miércoles y no paré de tirar patadas en el Living. Tomaba mucho y me arrepentía más. Me doy cuenta ahora que por esos tiempos llegué a asumir un problema con el alcohol que ahora me resulta demasiado lejano. Tenía 22 y sentía como los últimos años en la etapa de la temprana adultez más cercana a la adolescencia se escapaban de mí. Fumé un pucho de vestido formal, labios rojos y mediecitas de ovejas contra una reja antes de mandarme alguna otra cagada.

En junio algunas cagadas me pasaron factura. Como siempre me involucro impulsivamente en cosas que en una de esas no dan. Pasé otro julio oscurísimo medio encerrada en mi cuarto en un colchón en el piso escuchando el disco nuevo de los monos otro medio saliendo y tomando lo mismo de siempre. Fui a mi clase de documental que me encantaba con una pesadumbre y tristeza que se notaba en mi andar y hasta se lo demostré a este pibe del cual no quiero hablar. Le lloré a todos mis amigos cercanos, me volví a casa caminando en zigzag.

Julio vino un poco más piola conmigo. Me fui a Punta Ballena con varios amigos y vimos atardeceres y la final del mundial. Me reencontré con mi ex y un poco nos pudimos perdonar. Escuchamos mucha música y tomamos pero tranqui, nos reímos y me vine pensando en el auto. Un poco pude empezar con este crecimiento que ahora identifico como más pragmático, pero a encontrar la tranquilidad en el equilibro entre mi forma de pensar y mi accionar.

En agosto con mis mejores amigas tuvimos una idea que parecía muy lejana en un momento, pero muy de inmediato y con ayuda logramos empezar a crear un proyecto hermoso, en el que depositáramos muchas de las cosas que como grupo podíamos aportar y nutrirnos en una infinidad de niveles. En el escritorio de mi computadora empecé a tener mis dos carpetitas para mi productora audiovisual y mi revista. Conseguí laburo en mi primer largometraje y cuidé a mi hermano tres semanas, ya un poco más afuera de rehabilitación. Estaba ocupada, pero me sentía bien.

En setiembre me mudé, tuve la pre producción de mi primer proyecto filmado y pago. Seguía ocupada pero un poco menos cómoda. Escribí varios artículos y estuve varios días sin wifi en mi casa nueva. Una amiga me ofreció bajarme unas temporadas de Broad City para subirme el ánimo. Mi casa nueva quedaba a una cuadra de mi facultad y a media del kioskito de Edgar. Era muy cómodo para cuando tenía que ser becaria los sábados de mañana pero bastante triste porque mi momento de caminata reflexiva ya no era más.

En octubre terminé de desgastarme. Las secuelas de todas las cosas que hice ese mes aún me cansan y me dan ganas de dormir siesta. Gasté miles de pesos de mi bolsillo y me tuve que cuestionar el hacer por amor al arte. Me atrasé con facultad para hacer cosas que tienen que ver con lo que estudio, le dimos los toques finales a la revista, solo me juntaba a tomar cerveza después de clase si era para hablar de laburo.En noviembre lanzamos la revista. Octubre me dejó sin energías y tengo esa sensación de que me arrastraba de lugar a lugar. Falté a un curso que me gané un fin de semana porque mi cuerpo no me permitió asistir. Pensé que iba a arrepentirme pero por ahora no lo hice. Me volví de una entrevista al borde de un ataque de pánico. Decidí hablar, me arrepentí, me volví a atrever, me convencí que no de nuevo. Tuve vínculos nuevos, medio perdí un poquito otros. Me puse al día con facultad. Empecé a escribir hasta el cansancio. Bajar a tierra sentimientos, pensamientos, impulsos. Me cansé de escribir. Quise dejar de escribir.Diciembre pasó en un segundo. No me hablé con mi hermana en todo el mes, mi hermano salió de rehabilitación. Dejé de salir casi de noche. Tomaba frapuccino de mañana para encarar otro laburo en una película que no me gustaba. Me di cuenta que hay muchas cosas de cine que no me gustaban. Me empecé a cuestionar si Montevideo era suficiente para mí o si quería ir a otro lado, me empecé a cuestionar que mis recuerdos se van a borrar y que el tiempo dura muy poquito, me empecé a cuestionar que sería de mí sin mis amigos cuando se vayan a otro lado y no estén acá dándome las ganas constantes y hermosas de seguir existiendo. Creo que si cuento mis horas utilizadas haciendo cosas, hablar con mis amigos está segundo abajo de dormir. Me di cuenta que no me gusta Navidad y me encanta Año Nuevo. Terminé el año yéndome de vacaciones por un tiempo por primera vez con un asado lleno de gente que mucho no conocía en Santa Teresa. Empecé el año con un chapuzón en el chorro, cerveza Glacial en el quirinchito de Achiras, y la mejor compañía del mundo. También la certeza de las muchas cosas que quiero cambiar para que mi año siguiente sea un poco más de esto último, y un poco menos de la ansiedad, la sobre exigencia, la inquietud constante por tranquilidad que no parece nunca llegar.

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