flor k

El 2018 apenas si me acuerdo como lo arranqué, sé que no fue como quería que sea porque pocas veces a las expectativas las supera la realidad.

Ese verano que le siguió al 1° de enero tuve paz al lado del río, remé por primera vez, nade en canales, hice amigos de cuatro patas y fumé porro con un libro de Quiroga entre mis piernas. En febrero cambié radicalmente de paisaje, me fui de viaje casi un mes a algunas capitales de Europa con mi madre. No hubo tanta paz, hubo frío y comidas grasosas que me hicieron feliz, panzadas de museos, de trenes, de cerveza. También hubo panzadas de las malas, se me colmó la vista de tanto refugiado, si es que se les puede llamar refugiarse a estar durmiendo en pleno invierno sin un mínimo de protección, de tanto militar exponiendo sus armas largas como si nada, me agotó el ritmo desesperado del querer ver todo en menos tiempo del que es humanamente posible. Volví extrañando los sanguches de miga y a mi novio, me recibieron los dos.

Mi cronología quizás no es certera, pero le siguieron a ese viaje desplantes de amigas, de cercanos, nació un nuevo cuñado, di di y di más y más, y cuando no se pudo más volvieron a aparecer desplantes. Hubo movilizaciones en las calles y movilizaciones internas, la deconstrucción no sólo fue feminista, fue también familiar (aunque ahora que lo pienso el feminismo la llevó de la mano). Destrabe ese tabú que hace que de muchas cosas no se hablen y hablé, hablé sin parar, en todos los años de terapia que llevo en mi vida esté fue el más discursivo. Hice cuerpo muchas cosas, use mucho mi cuerpo, participé de torneos de artes marciales, me reí, gané, adoré a mis compañeras desconocidas y las abracé, temí a otros desconocidos y me alejé.

En todo ese sube y baja del 2018, con la constante evolutiva del hablar (una contradicción que no puedo no reconocer como cierta) volví a poner el cuerpo para los golpes malos, volví a terminar sintiendo un mix de agotamiento, bronca y angustia, pero con la palabra como un salvavidas, un bote salvavidas, no un mero chaleco, y con eso me quedo como lo mejor de mi año. Leí mucho y me sentí contenida por esas otras, fueron libros, posteos de redes sociales, poesías subidas a internet, novelas gráficas, notas periodísticas y más. También la escucha se me movió, ya no fue sólo poner la oreja para los problemas de los demás, fue escuchar cosas que me generan placer, o no, pero que elegí, hubo cientos de horas de programas de radio, de podcasts, de entrevistas que me llevaron a reflexionar sobre un sinfín de temas y a reconciliarme con la oreja. Descubrí que el lenguaje me salva (nos salva), de mi misma y de los demás, hablar, escribir, leer, cualquiera de sus variantes fueron y siguen siendo mis aliadas y así arranco el 2019, con la palabra como la mejor compañera que se puede desear, y con el deseo como el mejor, y más temido, motor.

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