flora

Hace unos años en un taller de teatro aprendí un ejercicio que he usado muchas veces en la vida fuera del escenario. Es un ejercicio para sacar el odio, sacar las ganas de matar. Matar las ganas de matar. 

Consiste en pararse y sentir que tenés un arma en la mano. La ves, es una pistola, o un revólver de esos de tambor, donde las balas están a la vista. No importa cuál, la que te quede más cómoda, la que te guste más. Luego, levantando la vista a tres metros frente a vos está el objeto de tu ira.  Lo ves. Lo sentís. Eso, esa, ese a quien odias.

Simplemente levantas el arma y le disparás. Caminás un paso y otro tiro. Y otro y otro tiro más. Así hasta llegar a un paso de él y poder en ese momento hacer lo que quieras: descargar el resto de las balas, patear el cuerpo en el piso, arrodillarte y llorando pedir perdón. Lo que quieras. Lo que nazca. Solo sucede. El alivio es instantáneo. La represión da lugar a la calma.

Te veo, te reís con tu sonrisa burlona, subestimando siempre lo que sucede, no me crees capaz, ni de esto ni de nada.

Disparo el primer tiro, el arma pesa y no es tan fácil como en el juego. Otro paso y otro tiro, ya no te reís, ahora me decís -¡Loca! ¿que haces? Pero a esto también estoy acostumbrada, así que no me detiene tampoco. Respiro. Otro. Este te da en el medio del pecho.  Empezás a creerme. Otro paso; casi estoy llegando y ya no se escucha tu risa. Ya no hay burla. Tres balas más, no voy a escatimar, ni arrepentimiento ni lágrimas, no hay nada de eso. Sólo una fascinación que no me deja sacar los ojos de vos y ver lo roja, lo roja que es la sangre que brota por tu boca estás muerto. Te maté.

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