gala

El día que me di cuenta que lo imposible era posible pero no lo quería

El primer día del año caminamos un par de kilómetros por la playa,
nos encontramos
(nos encontró)
una piedra chiquita.
No era más grande que una moneda de cinco,
era gris y tenía lunares blancos.
Parece que los lunares también pueden ser obra de la naturaleza.
A partir de ella empezamos a juntar algunas otras piedritas hermosas y especiales.
Nos dimos cuenta que todas las de la playa tenían cosas especiales,
pero algunas más.
Y esas, nos las llevábamos.
Me gusta caminar porque voy pensando,
y a veces se me ocurren cosas que después escribo (o no).
Esas piedras que, a decir verdad,
me emocionaron de tan lindas,
iban a dejar su entorno natural,
para que yo las tenga en algún lugarcito de mi existencia.
¿No les estoy robando la magia?
La piedra a lunares es la piedra a lunares más linda del mundo cuando está apoyada en la arena, un poco hundida y mojada por las olas itinerantes de un mar que a veces golpea y otras acaricia.
Sé que pasaría lo mismo contigo,
aunque duele y lastima,
se que desde ahí ves todo,
y ves mejor.
También se que estás conmigo,
no como yo elegiría,
pero estas resplandeciente,
iluminandonos desde tu (ya no tan) nuevo lugar.
Como una piedrita a lunares que se vuelve más y más brillante con cada ola de mar.

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