heyne

Era de noche y esa tarde habíamos llegado a un pueblo nuevo. Para no perder la costumbre, yo, la encargada del gps, me perdí, así que tuvimos que pedir ayuda. El señor que nos ayudó nos comentó de un lugar  para ir a bailar salsa, entonces decidimos que después de cenar podíamos ir a ese lugar a invitarlo con unas copas en agradecimiento por su ayuda. Mientras iba caminando para ese lugar mirando las casitas y tratando de bajar todo lo que había comido ni se me pasaban por la cabeza los eventos que el guionista de la vida había escrito para mi. El primer y único contacto con el lugar al que íbamos nos dio la impresión de turbio, además de que estaban pasando reggaetón y no había nadie, ni nuestro héroe de la tarde. Ya que estábamos ahí decidimos seguir recorriendo un poco el centro del pueblo. No habíamos dado cinco pasos más cuando escuchamos salsa que venía de algún lado.Seguimos la música, que en efecto venía de la esquina de en frente. Cuando nos acercamos, dos cosas me llamaron la atención. En primer lugar, este sitio me teletransportó a los bailes populares de facultades o murga joven en Montevideo de los que había sabido ser asidua. Y en segundo lugar, un gringo que del otro lado de la reja estaba sentado solo en una mesa con el vaso servido y el pucho prendido. Lo primero que pensé fue “éste es de los míos”. Él tan en la suya y sin imaginarse todo lo que se me ocurrió en un microsegundo apenas lo vi. La entrada salía un dolar, así que entramos de palomita. Todas las mesas estaban ocupadas, menos la el gringo, obvio, que tenía esos 3 asientos libres, como esperándonos. Así que antes de asumir que el gringo era un angloparlante  le señalé las sillas como preguntando si estaban libres,  él gesticulando con los brazos en un gesto de “pasen” y diciendo si si, en un español muy yanqui y así terminamos de compañeros de mesa.Yo, con esa sensación de quién sabe que algo interno ya se le sacudió aunque aún no identifique qué, abrí todos mis escudos y caparazones y me senté en la otra punta de la mesa, mirando hacia otro lado, porque si había algo que no quería en ese momento eran complicaciones. Ja, como si yo decidiera, se ve que todavía pensaba que si.Al rato, mi padre me hace señas como si tuviera 12 años y yo no doy pelota. Pasa otro rato cuando me agarran a la voz de “ella habla inglés” y ahí mis escudos y yo perdimos por goleada. Apenas nos ponemos a hablar me cuenta que hacía menos de dos meses había pasado por Uruguay de forma bastante impulsiva y fantaseamos con la posibilidad de habernos cruzado en ese momento, porque Uruguay, y porque además a esta altura ya era todo muy peliculesco. Conversamos un buen rato hasta que me di cuenta de que no sabíamos nuestros nombres, así que pregunté y nos reímos del encuentro entre dos “socially awkward people”. Lo mío es introversión pura -aunque nadie lo hubiese dicho a juzgar por esa noche- y lo de él no se, es así. Seguimos de charla hasta que mi padre decide irse y yo también porque no sabía volver y no estaba para perderme en un lugar sin señal ni saldo en el teléfono, pero no sin antes pasarnos nuestras redes sociales para seguir en contacto, cosa que sinceramente pensaba que no iba a pasar. Spoiler alert: me equivoqué. Al despedirnos, yo en un arrebato totalmente latino, le di un abrazo y un beso en el cachete que tal vez haya descolocado un poco a mi amigo nuevo y su carácter propio del frío norte.No volvimos a hablar hasta que volví a Uruguay. Las conversaciones se volvieron cotidianas y las coincidencias hasta en las chotadas mas grandes también, y así mantuvimos una relación platónica en la que no había nada explícito pero sí mucho implícito hasta que fue hora de tomarse otro avión que decidiría todo y en una ida a un parque nacional que los dos soñábamos conocer, el guía nos contaba su historia de amor con su esposa sudamericana que fue bastante instantánea como ‘ésta.¿Y ahora? Ahora es el momento de armar un nuevo plan de vuelo o arrancar cada uno para su casa. Elegimos el plan de vuelo sin pensar demasiado en el futuro y haciendo lo que aprendimos a la fuerza, disfrutar lo que tenemos ahora que nunca se sabe hasta cuanto va a durar. El después, después se resolverá. Porque siempre lo hace.

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