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De cómo se cumplió mi deseo dar y recibir más abrazos.

Siempre creí que los abrazos estaban sobrevalorados. No los entendía, como a casi ninguna otra forma de demostrar afecto. Hasta hace poco mi mayor muestra de apoyo/comprensión/ánimo eran dos palmaditas en la espalda. Chiquitas, así, sin más. Ya sé que puede sonar tonto, pero bastante era. Peor hubiese sido poner un pulgar para arriba y carita de condescendencia. No es que no pueda sentir cariño. De hecho, me aferro mucho emocionalmente a las personas (a pocas, pero las hay). El tema es que creía que había cosas que no eran necesarias: si yo pasaba dos horas de mi vida simplemente escuchando a mi amiga quejarse sobre sus dramas burgueses, sin decir ni achís, era porque la quería. Y lo demostraba con el silencio.

Pero de a poco fui entendiendo. En una de esas “charlas” (monólogos sería mejor decirles), mi amiga me abrazó casi por inercia. Ella sabía bien que yo no soy una persona de abrazos, y siempre los evita, pero le salió de forma espontánea. Yo la dejé que siguiera en lo suyo como por cinco segundos (tiempo récord). 

Unas semanas después, mi madre se pegó un susto porque yo salí de noche y tomé bastante y perdí el celular y me fui a dormir a lo de Vir y no le avisé nada. La cosa es que al otro día la resaca me consumió y no me volví a casa hasta tener un aspecto presentable, es decir, como hasta las diez de la noche. En ese lapso nunca se me ocurrió escribirle a mi progenitora, quien al verme llegar estalló en llanto y me abrazó como si estuviese volviendo de la guerra. Entendiendo su preocupación, y con cierto sentir de culpa al respecto, la dejé como diez segundos más. Y lo sentí.

Sentí por poquito la magia esa que dicen que tienen los abrazos. No fue, esta vez, por compromiso. Sentí su angustia y me quise quedar un poquito ahí, porque ella y yo sabemos que no hay lugar más seguro en el mundo para una hija que al lado de su madre.

De a poco fui cediendo. Cinco, diez, segundos más en cada intento. A veces retrocedí, y hasta ahora lo hago, dependiendo del momento y la persona. Con algunas se me hace más fácil.

Y en toda esta travesía, la búsqueda de cumplir mi deseo se transformó en una cuidadosa investigación, he aquí los resultados de la misma:

  • Hay personas definitivamente más abrazables que otras. Y ello no depende en el peso ni complexión. No es algo que ves y decís: “quiero abrazar a esta persona”. No sé de qué depende, pero eso se verá en futuras investigaciones.
  • El momento de finalizar el abrazo nunca es certero. Tiene que darse una muy prolija sincronización de los cuerpos como para evitar el momento incómodo de que uno se separe y el otro quede colgado abrazando el aire.
  • Los abrazos lindos, de las personas que sí, son más lindos cuanto más duran. Después de los 13 segundos es como que te fundís con el otro.
  • Hay personas que saludan con un abrazo antes del beso y aunque, debo admitir que antes me molestaba esta actitud, descubrí que esa gente tiene grandes posibilidades de caerme bien. 
  • Toda situación puede ser potencialmente más incómoda con un abrazo de por medio.

Agregado: Toda situación puede ser increíblemente más llevadera con dos brazos alrededor tuyo y otro corazón latiéndote bien cerquita.

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