juli

Enero.

Arrancó 2018 con un abrazo fuerte de mamá. Le hicimos un espacio a Elo y al instante lo que nos abrazó fue el llanto. Algunas lágrimas, sí, de tristeza. Pero unas cuantas de alegría también. 

Recibí la primera luna llena del año entrando al Cabo Polonio. Caminamos hasta Valizas con una tormenta pisándonos los talones, que nos encontró ya en destino con las piernas temblando y una birra bien fría en cada mano.

Nos fuimos a Santa Teresa con Juan, donde hubo fogones, playa, siestas, abrazos y otras cosas.

Volví a Montevideo y retomé danza. Me lesioné trabajando en la colonia de vacaciones. Dejé danza y lloré, lloré mucho. Esta vez, de tristeza, de esa que te inunda el cuerpo.  

Febrero.

Trabajé mucho y no en las mejores condiciones. Cami discutió con nuestro jefe y el ambiente se pone cada vez más feo.

Estaba muy cansada y con Juan nos tomamos recreos los fines de semana: volvimos a acampar. Primero solos, y después con la familia. Ahí Guille empezó a llamarme, entre risas, como la “tía Jula”. 

Lo que suponía ser lo último de las vacaciones lo aprovechamos en tablados y noches de Kfe. 

Marzo.

Me compré una guitarra y arranqué magisterio por menos de una semana: se ocupa el instituto. 

En la elección de escuelas Cami quedó separada y eso me angustió, bastante.

Fue el festival del Olimar, la 8M y los martes de Kfe seguían vigentes.

En el viaje a 33 ya sentí que algo no estaba bien conmigo. La última noche tuve una crisis de angustia que no tuve la mejor idea que guardármela para mí. Me tomé el ómnibus al otro día con el corazón apretado y me lloré todo el camino hasta Montevideo.

Abril.

Seguía mal y empecé terapia. La angustia de no poder ni estudiar ni bailar no me traía bien. Pasaba los días durmiendo y llorando, me sentía rota. Escribí estando rota.

Los reclamos no tardaron en venir y, más temprano que tarde mi relación se terminó. 

Traté de hacer cosas para estar mejor: empecé una huerta en casa y a tocar más seguido la guitarra. Me animé a cantar y lo compartí. 

Mayo.

Volví a magisterio y eso me hizo un poquitín más feliz. Dejé de comerme las uñas.

Salí mucho, tomé mucho, fumé mucho. Me angustié por enojo, de ese que se siente hacia una misma.  Me arrepentí más de una vez de haber dejado con Juan. Pensé en llamarlo todavía más veces, pero lo único que logré fue dedicarle algún que otro poema.

Se me ocurrió aceptar dar clases particulares (y estresarme por ello).

Junio.

Mes jodido, mitad de año casi ahí. No tenía tiempo para mí, el estrés me perseguía y así de la nada tuve una crisis de angustia en casa.

Empezó el mundial y las discusiones al respecto, sentía que en ningún lugar encajaba. 

La tristeza me seguía adonde fuese y no las ganas de vivir se me hacían chiquititas.

Algo un poco más lindo: en Argentina se debatía la ley del aborto.

Julio.

Traté de seguir. Extrañé a Juan cuando empecé a salir con otra gente y le dije a mi psicóloga que no conseguía superarlo, que eso me preocupaba. Me hizo dar cuenta de que sólo pasaron tres meses, cuando en mi cabeza había sido un año. Deduje que la velocidad con que pasa la vida es proporcional a las ganas de vivirla.

Volví a bailar y volví un poquito a ser yo. 

Agosto.

Fue frío, gris, lluvioso. Afuera, adentro ya no tanto.

La ansiedad por recibirme estuvo cantando presente. 

Hubo parciales y con ello reuniones con amigas que me calentaban un poquito más el alma.

Septiembre.

La primavera siempre me sentó bastante bien.

Nos fuimos a Sarandí del Yí a hacer la práctica rural y nos hicieron espacio en una escuela hermosa, llena de Luz. Dejamos nuestra huellita: varios murales y molinetes de papel.

Octubre.

Había llegado antes de lo esperado. 

Parciales (sí, ya, de nuevo), muestra y… no cabía más nada.

Noviembre.

Fue todavía más corto que octubre.

Empecé a preparar formalmente el ensayo para recibirme y ensayé un montón.

Nos fuimos a córdoba a competir y ganamos. Entre tantas cosas lindas me olvide de las lágrimas tristes y las que salieron, esta vez, fueron toditas de emoción. 

Diciembre,

No llegué a entregar el ensayo, me enojé otra vez conmigo misma.

Aun así, tuve la alegría inmensa de compartir el de dos de mis grandes amigas. 

Fue un mes de feminismo muy presente por lo acontecido con actrices argentinas. Los testimonios brotaban, y la bronca también. 

Así, como si nada, llegaron las fiestas. Navidad no tuvo gusto a mucho.

Nos fuimos para Santa Teresa con Caro y unos días después convencimos a Lore de que se uniera. 

Despedimos el año entre risas, charlas y fogones.

Miré las estrellas, metí los pies en el agua y salté al 2019. O casi. 

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