lore

Montevideo, 12/01/19

                Siempre me pregunté por qué nos cuestan tanto los duelos. Si desde que la vida surgió en el planeta, hace millones de años, todos los seres vivos han muerto. Todos nacemos para eventualmente fallecer. Por qué es entonces que nos cuesta tanto enfrentarlo, entenderlo? Es así en todas las especies? Los gorilas harán algún tipo de terapia cuando pierden a otro gorila? No sé, tal vez debería googlearlo.

                El problema es que nunca enfrenté tu duelo. Lo puse en pausa, lo empaqueté como pude, lo guardé en un rinconcito del cerebro y miré para el costado. Y así he andado, por años, con ese paquetito pesando allá en el fondo, haciéndome la boluda.

                Fue en esta época más o menos. Hacía mucho calor, y mamá jugaba en la vereda con Diego. Fue repentino. Creo que nadie se lo esperaba. A caso vos te lo esperabas? Lo venías planeando tal vez? Son tantas las preguntas que me hubiera gustado hacerte.

                Lo niego tanto como al paquetito, pero me enseñaste un montón. Agarré mi primer pelota de básquet a tu lado, con solo dos añitos y mi conjunto deportivo azul brillante que veo en las fotos, porque mucho no me acuerdo. Ese verano también me quisiste enseñar a nadar, pero como todos sabemos fue algo que intentó mucha gente y nadie pudo, porque tengo huesos de plomo y un miedo cuasi genético a los cursos de agua.
Un poco te parecías a los cursos de agua, calmos, bellos, serenos, acogedores, intimidantes, traicioneros. Por eso desde niña lo primero que sentí por vos fue respeto. 

                Aprendimos a quererte con cautela. A bancar las oleadas que se compensaban con los domingos de música fuerte y algún baile al son de Queen. Me enseñaste a querer a Peñarol, a alentar a mi cuadro de básquet en todas las canchas, que los discos se escuchan en el orden que vienen y enteros, que si sos pobre nada llega sin esfuerzo y que tenemos que hacer lo que predicamos. Me enseñaste a tender la cama, a hacer guisos en invierno y asados en verano. Que la cerveza se toma fría y el whisky no. Se toma solito y despacio, como un poema.

                Cuando te perdí no supe que te estaba perdiendo papá. Nadie supo.
Porque no hubo cuerpo, ni duelo, ni ambulancias, ni velorio. No hubo aviso y no hubo ausencia.
Sólo el ruido blanco en mi cabeza del 2004 mientras me abrazaba al osito marrón de mamá en mi cama, y me preguntabas si me habían gustado tus mimos. Que no le tenía que contar a nadie, que era un secreto entre nosotros.

                Conviví años con lo que quedaba de vos. Con ese otro ser que ocupó tus zapatos, que puso música los domingos y que también gritaba los goles de Peñarol. Pero yo, en secreto, sabía que ya no estabas ahí.
Cada vez que arranco terapia arranco tu duelo. Pasé por todas las fases incontables veces: la negación, el enojo, la tristeza. Y muchas, muchísimas aceptaciones de mentira.

                Por eso te escribo, aunque no leas. Porque envolví tanto el paquetito que no sé cuántos envoltorios aún me quedan por sacar. Porque nadie me enseñó a hacer un duelo sin cuerpo ni un entierro sin cajón. Porque lo que queda de vos aún me lastima y me desvela todas las noches. Y capaz esta carta me arrima un poquito más a soltarte.

                Te quise. En algunos momentos y hace muchos, muchos años. Pero te quise, y con tu muerte te llevaste un pedacito de mí. Necesito enterrarte apropiadamente. No sé a dónde llevarte flores, capaz a terapia, capaz en mi balcón donde las mastique el gato. O quizás las plante cerca del paquetito, en el fondo de mi cabeza, para empezar a dejarte ir y capaz, algún día, perdonarte.

Lore.

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