luz amarilla

La luz entraba tímida entre las rendijas de la persiana de mi cuarto. Apagué por tercera y última vez la alarma que indicaba el fin de mis horas de sueño. Había podido dormir mucho menos de lo previsto por culpa de mi dificultad para apagar el cerebro durante la noche. Miré el reloj. Las seis y cuarto. Estiré las extremidades, aún tendida en mi cama y me dispuse a dar comienzo al día. Un frío me recorrió la espalda y el estómago se me estrujó. Me di cuenta que estaba nerviosa. Mientras desayunaba de forma automática, sin prestar la más mínima atención a lo que hacía repasé en mi cabeza, una vez más, que estuviera efectivamente todo pronto para hoy. Conté con los dedos e hice anotaciones innecesarias en mi libreta. Cuando terminé el café con leche miré por la ventana y un dejo de melancolía me invadió el pecho. El cielo estaba gris, las nubes paseaban tranquilas e inalterables sobre mi. «Traicioneras», pensé y no pude evitar enojarme un poco con el cielo, un poco porque sí y otro poco con razón, por traerme al cuerpo los días más grises de mi vida durante el principio de uno de los más esperados. El enojo devino en culpa, como siempre que me miro al espejo y no me gusta lo que veo, y me enfurezco pensando que luciría mucho mejor si no me gustara tanto comer. Y después, la culpa «¿cómo podés ser tan egoísta de ofuscarte por esto sabiendo que hay personas alrededor del globo que no tienen qué comer, o que no tienen espejos donde mirarse, o que no gozan de la salud que vos sí tenés?». Las nubes no tienen la culpa de mostrarse ante nuestros ojos perfectamente amenazantes, así como yo tampoco debía sentir culpa de estar aprendiendo a bailar bajo la tormenta o ante la posibilidad de que caiga sobre mí. Mientras reflexionaba con la vista tan nublada como el paisaje de mi ventana lavé la taza y caminé hacia el baño, decidida a ducharme antes de que se hiciera más tarde. Entré a la ducha y dejé que el agua caliente me recorriera el cuerpo, adoptando una postura distendida y pasiva. Las gotas cayeron durante varios minutos sobre mí impactando en mi cabeza y bajando por mi espalda, hombros y pechos. Descendían por mis caderas, muslos y piernas completando mi metro sesenta y nueve. Me sentí tranquila, caí en la cuenta de que no tenía por qué estar nerviosa, ni tener miedo. Al final de cuentas siempre el peor enemigo es uno mismo, quien se autoboicotea de la manera más cruda. Agradecí haber tomado la decisión, ya hace un tiempo de emprender este camino colmado de aprendizaje, dolor, sanación y amor propio. Una luz me atravesó el rostro y sin darme cuenta me sonreí. Pensé en mis vidas pasadas y en los casi dos años que guardé mi pasaporte en un cajón. Nostalgié ese viaje soñado, pensado y planificado de a dos al que tuve que renunciar. Al que elegí renunciar. Acto seguido volvió a dolerme el corazón, el mismo dolor que sentí cuando cancelé mi boleto renunciando a uno de los últimos sueños compartidos que nos quedaban. La culpa. Otra vez. Esa tarde él me hizo sentir culpa de mis decisiones. Me dijo que estaba loca, no era la primera vez que lo hacía, pero le volví a creer. Salí de la ducha un poco embarullada por la catarata de recuerdos y pensamientos que me bombardeaban pero al percatarme de la hora decidí alejarlos y vestirme lo más rápido posible. Con movimientos rápidos y con la mente en blanco. Cuando salí del modo piloto automático ya estaba entrando a la sala de embarque. Me di vuelta y le dejé la mirada más tierna que, sin mi permiso, me pudo haber brotado de los ojos y le agradecí de nuevo por haberme traído. Volví a pensar en mi amor a los aeropuertos. Me encontré riendome al recordar que cuando era pequeña imaginaba que cada vez que un avión aterrizaba lo hacía en un lugar mucho más alto que el sitio desde donde había partido. Viví durante años convencida de que el mundo era una suerte de escalera gigante, y al llegar saludaba a mis familiares inclinada mirando el piso, porque estaban «allá abajo», lejos, en casa. «Ajusten sus cinturones». Respiré profundo. Miré hacia mi derecha y no había nadie. Sentí mi rostro humedecerse y el amor salir por mis ojos. Estaba completamente segura de que así debía ser. Las imagenes de reencuentros y despedidas desfilaron otra vez por mi mente. En poco tiempo estaría de vuelta, pero quizás mi teoría infantil no estaba tan errada. Quizás no volvería a llegar nunca más al mismo lugar. 

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