luz amarilla

Los últimos dos ejercicios evité mirarme y, aunque quise, aunque supe de qué quería escribir, no los hice. Las mudanzas y los cumpleaños, cuál de los dos puntos más débiles de mi historia. No se ni por donde empezar. Hace días que quiero escribir y no puedo, no encuentro el momento, no encuentro el lugar, no le regalo a mi cerebro liberar espacio para pensar en escribir. Quizás es porque cuando me cuento, me escucho, me leo… me duelo. O porque dedico todos mis ratos libres a adelantarme en el tiempo y preocuparme por cosas que todavía no puedo resolver. Terminar de estudiar, conseguir otro laburo, encontrar adonde mudarme, mis ganas de dejar todo y viajar lejos… Tal vez es porque los minutos que me quedan, en los que no estoy pensando en el después, le estoy dando vueltas a cosas y gente de antes. ¿Por qué me es tan difícil concentrarme en el aquí y ahora? ¿Qué está mal conmigo? ¿Por qué siempre termino escribiendo de lo mismo? Me siento una niña caprichosa, insistente y monotemática, volviendo siempre sobre lo mismo. En mis luchas, mis mambos. Quiero escribir que tengo mucho más para contar, que estos conflictos adolescentes que me atosigan hoy, a menos de tres de los treinta. Amo los miércoles de tarde en el taller de teatro, porque le doy a la mano y a la lapicera libertad de ir solas y marcar la hoja con lo que tienen que decir. Sin censura. Sin castigo. Sin decorarlo para que quede lindo, con la letra desprolija y tosca. Es luna llena y quiero escribir: quiero hacer mi lista de intenciones, prender un palo santo para limpiar la atmósfera que me rodea, respirar y enfocarme en lo que necesito. (¡Ja! ¡Qué hermoso y centrado suena! Debo estar aprendiendo algo de esas páginas de astrología que sigo). Me cuesta no escribir sobre mi, porque por hache o por be siempre encuentro puntos de coincidencia con casi cualquier cosa que pase a mi alrededor. Quiero escribir sobre los sueños, porque anoche volví a soñar con personas que ya no me acompañan y con otras que ni siquiera conocí. Me pregunto si habrá alguien que alguna vez sueñe conmigo, que se despierte de golpe con tantas ganas de compartirme su mundito cotidiano. «La vida es una cuerda floja entre la mediocridad y la grandeza. Lástima que siempre caemos del mismo lado.» No puedo más con mis ganas de cambiar de lado, de forma, de piel. De expresarme de otra manera. Esta necesidad imperante de comunicarme por otros medios, de ser espacio y complemento. De hacer surgir un vibrar colectivo. Me pregunto en qué pensarán quienes viven bajo el mando del piloto automático, aquellos que siguen respirando solo porque es gratis. Los desahuciados, los que perdieron la confianza en que algo va a cambiar. Quienes se cansaron de esperar y tampoco miran para adentro, a corroborar si por ahí están todas sus respuestas. Me asusta un día mirarme al espejo y verme así: vacía. Esperando la nada. Hoy hay luna llena y respiro mi cielo de dudas, miedos e inseguridades. Exhalo un par de certezas y mientras el viento helado me golpea la cara, dejo por un instante mi impulso maniático y controlador y espero que el paisaje adopte la forma que él quiera tomar.

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