luz amarilla

Enero:
Mi 2018 dio comienzo diferente a como me tenían acostumbrada los principios de año. Esta vez recibí el cambio de año en la casa de mi madrina, acompañada de abuelas, tías y tíos, primas y primos mamá y hermana, con la particularidad de ser el primero de nuestras vidas sin el abuelo Pedro cenando con nosotros. Se me pasaron mil cosas por la mente cuando dieron las doce, extrañé pasar esta fecha en Valizas, extrañé la euforia de la juventud festejando, mirar el cielo, respirar mar y la compañía. Pero estaba tranquila. Supe que eso era crecer, que lo había elegido yo y que no volvería a vivir un año nuevo igual a los de antes. Y así es como tiene que ser. El 5 de enero volvió mi padre a vivir a Uruguay después de casi once años. El 6 de enero trabajé por octava vez en el Gran Premio José Pedro Ramírez, volví a mi primer trabajo después de haber renunciado en marzo, y cuando terminó la jornada me despedí por última vez de la fachada inmensa y majestuosa del hipódromo. Pasé todo el mes haciendo trámites referidas a la mudanza, estaba desesperada por entregar el apartamento de Palermo y mudarme al nuevo hogar. También tenía la responsabilidad de pasar diariamente a regar las plantas de mis amigas que se encontraban de viaje, entonces siempre después de darles agua permanecía un ratito mirándolas fumando y pensando. Afortunadamente mantuve la cabeza ocupada en ese tema, guardé cosas, tiré cosas. Estaba triste pero a la vez contenta. Tenía mucha ilusión de mejorar y mejorarme y por supuesto la cuota de miedo e inseguridad que traen consigo los cambios. El 25 de enero nos dieron la llave y el 27 hicimos la mudanza. Nos dio una mano muy grande el tío y el hermano de mi compañera de apartamento y también mi padre y mis amigas. Más tarde también vino mamá. La primer noche fue rarísima. No tenía idea de en donde estaba cuando me desperté, pero estaba feliz: ahora tengo una ventana inmensa en la que entra todo el cielo y gran parte de mar. Finalmente sobreviví (cosa que pensé que iba a ser muy difícil) a mi enero en Montevideo y sin licencia.

Febrero:
Febrero siempre es cortito pero intenso. Disfrutaba mi apartamento y el tiempo libre cocinando y saliendo a correr muy temprano varias veces a la semana. Correr me hacía bien. También fui muy seguido al tablado y a bailar. En vacaciones de carnaval fui con mis amigas a Valizas y volví mucho más enamorada de su cielo, de su mar y de mi. Los días en la capital eran de rambla casi todos. De mañana corriendo, de tarde a veces bici, a veces mate, muchas noches de cerveza y maní. También estuve en Florida visitando a mi abuela, mi tía y mis primos.

Marzo:
Los primeros días de marzo estuve de licencia, en un intento de hacerla coincidir con el comienzo de clases para ajustar horarios. Marzo fue muy parecido a febrero y a enero. En algún momento me cuestioné si no debería cambiar algo en mi para intentar concentrarme en el mundo real ya que no es posible vivir de vacaciones eternamente. (O si?). En marzo me animé a ir en bici al trabajo y también hice un dibujo hermoso que colgué en mi cartelera. También quise aprender a jugar al truco un martes, el primero de otoño. Sobre fin de mes estuve en La Paloma y ahí me dieron ganas de que sea verano toda la vida.

Abril:
Parece que el año arranca después de Semana Santa, o eso dicen y en abril volvió la rutina casi en su totalidad. Acomodé mis horarios para poder cursar todas las asignaturas de la Facultad. Empecé invadida de ganas y de ilusión porque además elegí realizar la práctica en el jardín al que asistí cuando era niña y ese reencuentro me generaba una mezcla de nostalgia y alegría inexplicable. Volver al lugar que me vio crecer fue hermoso y algún tiempo después entendí que, entre otras cosas, este regreso tuvo la misión de sanar y de reconciliarme con mi yo niña. A pesar de mis intentos de focalizarme en la Facultad seguía pasando muchas horas afuera de casa, cursando en el IPA una vez a la semana, yendo a telas dos días, en esa época tambien comencé a asistir a algunas clases de canto y fui un par de veces a un taller de cuerpo en el INJU. 
A principios de abril también me caí de la bici. Agradecí estar viva, porque pude haber muerto. Revisé todas las decisiones que había tomado hasta llegar a ese momento. Le di las gracias porque me dio la mano para levantarme. Fue la última vez que nos vimos. Prometí no volver a subirme a la bici después de haber tomado tanto alcohol. La noche siguiente fui al baile con mis amigas. Cruzamos miradas y nos dijimos hola. Me seguía doliendo todo el cuerpo del golpe.

Mayo:
Este mes fue muy parecido al anterior, aunque el día a día tenía cada vez más gustito a rutina y eso un poco me molestaba. Cumplía con la Facultad pero no era brillante, no me sentía del todo cómoda con mi grupo de práctica ni con mi docente. Creo que mucho tiene que ver con mi dificultad de estar realmente presente en ese tiempo y lugar y de abandonar el rol de niña que era en el único que ese Jardín y ese barrio me conocían. En mayo fui al teatro, a toques, a jugar al pool y también salía de noche a bailar. Me di el lujo de colgar la tela en el parque una tarde soleada de domingo y jugar. En general estaba contenta y animada porque casi siempre estuve acompañada y con muchas actividades. Algún día me sentí triste y me quedé en piyama.

Junio:
En junio me tocó estudiar y realizar muchas entregas. A veces me seguía costando concentrarme. Mi docente me respondió un mail devolviendome que las fichas que había entregado estaban realizadas de manera correcta y utilizaba un lenguaje adecuado entonces quedé conforme con ella y conmigo. Una tarde en la sala me tocó jugar a ser la mamá de tres sirenas y me arrastré bastante por el piso. Estuvo muy divertido. El frío me paralizaba un poco pero igual algún fin de semana seguí prefiriendo salir de noche. Fue en este mes que con una amiga muy importante en mi vida descubrimos que muchas veces somos el chanchito chico del cuento, que busca sentirse bien aquí y ahora y le cuesta mucho traspasar la barrera de la inmediatez para proyectar y medir consecuencias. Estuve pensando mucho en las palabras. También en el significado de la salud, la locura y los vínculos. Un día en el que me dolía mucho la muela falté a trabajar y me quedé en piyama mirando el cielo en la terraza fumando un pucho tras otro. El dolor en la cara me trajo de nuevo a otros dolores. Mamá me regaló un calientacamas aunque siempre dije que jamás iba a usar uno. Mi mejor compañera de trabajo salió de licencia por tiempo indefinido y desde entonces la extraño un montón. Cada vez hay menos funcionarios, más trabajo y yo me aburro más. 

Julio:
Este mes transitó casi de manera idéntica al anterior. Una noche fui a comer a lo de papá con mi hermana y unos amigos de él que vinieron a conocer Uruguay. Había pizza y cerveza. Cantamos con la guitarra y el charango, pasamos un rato ameno. Después de eso fui a bailar. Durante julio me seguí divirtiendo al tiempo que leía para la facultad y seguía yendo a telas. Mi condición de chancho chico no me abandonaba y a veces me arrepentía de acostarme tarde. Cuando me cayó la ficha del día y del mes en el que vivía entendí que me había quedado en febrero, y que quería seguir todo el tiempo riendo, fumando, tomando y saliendo con mis amigas. Cuando todo eso no se podía el silencio quemaba. De todas formas seguía sin pasar casi nada de tiempo en mi casa. A mitad de mes fui a Florida, mi abuela se había caído unos días antes y se estaba recuperando. El 31 acompañé a una amiga con la que me reencontré en el festejo de su recibimiento de doctora.

Agosto:
Históricamente agosto siempre me pasa por arriba. Caen todas las metas y objetivos autoimpuestos en enero, me frustro, me siento estancada y tengo miedo de no llegar a cumplir ninguno. Los días grises me agobian, y más cuando ya van varios seguidos sin intercalar con ninguno de sol. Los primeros días del mes me caí de cara, con la columna en hiperextensión y el cuello flexionado. Me dejaron quieta en el piso hasta que llegó una doctora, me pusieron un collarín en el cuello y viajé en ambulancia por primera vez. Tuve miedo de nuevo, miedo de no poder mover las piernas, de no poder sentir el tacto y también miedo de morir, otra vez, como ya había sentido anteriormente en algún momento de crisis. En la sociedad médica me hicieron una tomografía, también la primera de mi vida, y constataron que no me había lastimado, entonces me dejaron irme a mi casa con la indicación de reposo y relajantes musculares para el dolor. Me fue a buscar mamá y me quedé en la Unión esa noche. La vida me dio, una vez más, otra oportunidad. Una semana más tarde, yo estaba en casa por irme al jardín y recibo un mensaje de mi madre contandome que a mi abuela también le habían hecho ese día una tomografía, que encontraron un coágulo muy grande comprimiendo el cerebro y que esa misma tarde la trasladaban a otra ciudad para operarla. Fui a verla, entré antes de la cirugía y también la vi después. A sus 86 años también recibió de la vida otra oportunidad. Estuve pensando mucho en la cantidad de similitudes entre mi abuela mi madre y yo. Descubrí que las tres somos zurdas pero que yo soy la primer zurda de la familia a la que le permiten usar la mano izquierda. Siento una gran responsabilidad por ello, ya que considero que soy muy afortunada de haber nacido libre para elegir, para escribir y para gritar. También siento empatía al descubrir cuanto dolor guardan sus cuerpos. Quiero ser la voz de todas las mujeres reprimidas y calladas a la fuerza. En la Facultad me dieron una hoja con mi evaluación del primer semestre. Era insuficiente y negativa. Me sentí cada vez más frustrada y ya no tenía ganas de asistir a clase. La desmotivación me llevó a creer que no servía para estudiar esto y pensé muchas veces en abandonar. El día de mi cumpleaños terminó mejor de lo que empezó. Odio mis cumples. Almorcé con mi padre y se dio cuenta de que estaba enojada. Me dijo muchas palabras sobre lo hermoso que es festejar el hecho de estar vivo un año más y cuando me agarró la mano pude llorar. Levanté la vista y vi que estaba llorando él también. “Perdóname por todo hijita, te amo”. Después de llorar y tomar agua estuve más aliviada y los ñoquis y el vino tenían mejor sabor. Me fui a hacer un tatuaje hermoso que había estado pensando durante mucho tiempo y la tatuadora lo diseñó tal y como lo había imaginado. De tardecita fui a merendar con mamá, conversamos durante un buen rato. Pasamos bien, la extrañaba. Le mostré loca de la vida mi tatuaje nuevo y me rezongó porque a ella no le gustan y después nos reímos. Quedamos en merendar juntas más seguido. Cuando el sol bajó aproveché de estar sola y pensar, pero vinieron mis amigas, de sorpresa, y el abrazo me trajo de vuelta a la tierra. Comimos cosas ricas y tomamos cerveza. Me regalaron una planta y dos libros. De noche le mandé una foto del reloj que me regaló en mi cumpleaños pasado y le agradecí por el tiempo. Al final de cuentas agosto siempre me sacude, pero me ayuda a entender todo. 

Septiembre:
Como trae a la primavera, este es uno de mis meses favoritos del año. Si bien estuve plagada de parciales y con mucho para leer encontré tiempo para mirar el sol que ahora salía cada vez más seguido, volví a subirme a la tela y fui perdiendo el miedo de a poquito. Estuve mejor de ánimo que los meses anteriores. Me di cuenta que el tiempo me ayuda a estar de buen humor y rectifiqué que amo el pasto el sol y el vientito en la cara. A la marcha de la diversidad fui con mis dos hermanas y disfruté mucho ese momento compartido. Quizás no se den cuenta, pero desde que somos adultas las extraño casi todo el tiempo.

Octubre:
El primer sábado del mes tuvr una jornada formativa de la Facultad muy movilizadora emocionalmente. Cuando llegué a casa me duché, me metí en la cama y escribí un poema. Lo mandé y luego dormí hasta el otro día. Durante octubre decidí que quería hacer muestra de telas por primera vez, y así vencer un poco el miedo a exponerme que siempre me había frenado. Lo mejor del mes fue, sin dudas, el haber podido asistir al Encuentro Latinoamericano de Derechos Humanos y Salud Mental que tenía como sede nuestra ciudad. Pude escuchar a gente muy erudita y comprometida con la temática y con ello vinieron primero la indignación y después las ganas de cambiar algo. En la segunda jornada faltó el relator de una de las mesas y nos ofrecieron a otra estudiante y a mi que realizaramos esa tarea. Me sentí halagada por tanta confianza y feliz de la oportunidad de participar desde ese lado de la mesa con los expositores. A la marcha por desmanicomialización, salud mental y vida digna fui sola, pero enseguida me puse a conversar con una gurisa que llevaba un cartel que decía “las almas repudian todo encierro”. Me di el lujo de llevarlo un ratito yo también. Al rato se fue, pero me encontré con otros dos conocidos y también me quedé conversando. Los fines de semana se hicieron cada vez más frecuentes las idas a la feria, a la rambla, el mate y los tambores los domingos de noche. Cada vez me gustan más los tambores, mi sueño un día es bailar. Sobre fin de mes me comunicaron que perdí el curso más importante del año en la Facultad. En realidad ya lo sabía, pero siempre tuve esperanza de revertir mi situación. Fue la primera vez que me pasó algo así y lo viví de manera angustiante. A la vez, me sentía aliviada de no tener que seguir yendo a clase, y caí en la cuenta de que fueron muchas las mañanas que pensé más de una vez si ir o no. Reflexioné cada vez más seguido sobre mi relación con otras mujeres. Comencé a sentirme invadida por sentimientos de hermandad y a sentir tristeza y arrepentimiento por las veces que viví a la otra como competencia o amenaza y no como compañera. De a ratos me entran unas ganas terribles de abrazarlas a todas y decirles lo grandes y fuertes que son. En octubre tambien me reencontré con una persona de mi pasado, que al igual que mi padre, mi jardín y mi barrio me ayudaron a reconciliar, a sanar y a crecer.

Noviembre:
Noviembre tuvo de todo. Me compré muchos libros. Tuve muchos ensayos para la muestra, y también muchas tardecitas en el Parque Rodó en el marco de las actividades de la Movida Joven. Una amiga cantó por primera vez en su vida en una murga y la fui a ver. Verla feliz me hizo feliz y me acordé de lo mucho que disfruto también yo de cantar, aunque no lo haga en público desde la escuela. Me divertí y me sentí libre luego de haber terminado (bien o mal) las clases. El 21 de noviembre falleció mi tiaabuela, que es tan abuela mía como la de verdad, después de varios años dándole pelea a una leucemia. Los sentimientos son muchos y se cruzan entre sí. Trabajo en un hospital y la muerte me pasa por adelante todos los días. Aún así, cuando me toca tan cerca del corazón me entra una impotencia muy grande. Estoy tranquila porque estuve a su lado hasta lo último. Porque el día antes me dio la mano y me preguntó si habíamos merendado todos y qué estaban haciendo mis primos chicos y mi abuela. Estoy tranquila porque se que ella estaba cansada, que el amor de su vida había partido en mayo del año pasado después de 50 años juntos, que sabía que su hermana se recuperaba bien de la neurocirugía y que dejó todo en orden acá. Se que va a vivir siempre en los corazones de quienes tuvimos la suerte inmensa de conocerla, se que no se nos va más. Pensar en la muerte me lleva ineludiblemente a cuestionar lo egoístas que somos los seres humanos, y por qué siempre tenemos la necesidad caprichosa de mantener atados a quienes nos hacen bien. Esta situación me une aún más a mi madre, mis hermanas, mis tíos y mis primos. Unidos es tal como ella le hubiera gustado vernos. En noviembre siempre hay muchas cosas para ver y cerré el mes yendo a escuchar en vivo a Luciana Mocchi interpretar sus temas en una sala céntrica, en compañía de una amiga. Creo en el efecto terapéutico de las palabras y creo que la música llena infinitamente, creo en quienes tiene el valor de cantar lo que yo todavía no puedo.

Diciembre:
Pasó tan rápido que no lo vi. Tuve un examen los primeros días del mes para el que estudié poco y fue dificilísimo. Me junte con amigos y amigas muchas noches a tomar cerveza. Dormí muy poco, llegaba a trabajar habiendo dormido una hora o dos. Salí a pasear y conocí lugares preciosos de Uruguay que no conocía. Pasé Navidad en familia. Fui a una fiesta de tarde, y al baile de noche. Llegué de día y me metí en la piscina. El 28 fue el primer cumpleaños de mi padre en el país en los últimos once años. Fuimos a comer unas pizzas con mis hermanas y cantar canciones a un café del centro. Conocí algunas señoras amigas de él que no conocía y una me dijo que tengo cara de japonesa. El sábado 29 me enteré que salvé el examen y festejé de tarde con helado y de noche con vino tinto. Me reí de mis duelos largos y eternos: el de la separación, la práctica, mi tía, el final de una casa que me cuidó durante mi peor momento. Le puse a este ciclo “sanar el pasado” y me encontré empoderada y hermosa para seguir transitando y construyendo mi camino. Aprendí a recibir lo que el Universo tiene para mi y sigo aceptando (aunque duela) el cambio de plan. Abro los brazos y preparo el pecho, el corazón y el cuerpo para lo que se viene. En calma.

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