maggie

Jóse: 

Me pasé un montón de rato tratando de sacarme la selfie perfecta para mandarte. Más tiempo del que pasé mirando el mar. Qué rabia. Porque siempre hablo de la emoción de conectar con la naturaleza, esa que me da la playa y nada la iguala, pero esta tarde casi sin culpa mire todo el tiempo la pantalla del celular. Iba a decirte que me da rabia haber disfrutado tanto lo lindo que se veía el sol reflejado en mi piel bronceada. Lo linda que se ve mi cola en estas fotos que hasta yo me la mordería y el placer que me da verme con esa textura tan suave, tan tocable. Pero la realidad es que no me da rabia. ¿Por qué pienso que existiría esa rabia si no está? Podría pasar entonces a decirte la verdad, que es también decirte que a vos no me da vergüenza decirte la verdad. Que me siento bien. Que me encanta sacarme estas fotos. Contorsionarme. Pensarte mirándome. Que juego a estar divina, a gustar de mí para gustarte a vos. Que fue así como empezó esto: un juego para gustarte a vos. Y que termine así. Gustando de mí. 

Porque Siento placer físico cuando saco estas fotos. Cuando me miro. Cuando después de la ducha juego con las gotitas de agua y cuando doblo para la foto el elástico del shortcito con el que duermo. 

Hoy el juego era en bikini, en la playa, sobre el pareo en el que cogimos la semana pasada, jurándonos que nadie nos veía y en silencio los dos gozando más porque seguramente alguien sí -yo miré a uno mirarnos. 

Que mañana tan hermosa fue esa, la de esa noche que amaneció y se hizo de tarde y la medida del tiempo éramos nosotros enrojeciéndonos. Esa maratón de disfrutarnos las pieles, las risas, el barro descalzos, atravesar las dunas besándonos los hombros, las panzas. Ese romance entre nuestras pieles y el sol. Vos eras como yo ese día. Te vi mirándote. Me di cuenta de que cuando te acariciaba el brazo conscientemente tensabas el músculo: te vi gustar de vos. 

Hace un tiempo cuando estaba más enojada con todo, con cosas no importantes, no hubiese podido decir todo esto sin vergüenza y sin criticarnos. No hubiese podido eliminar esa falsa rabia. No hubiese podido pensar que está bien, que está buenísimo. Probablemente no hubiese podido disfrutarnos así tampoco. El enojo mal dirigido, cuando estoy toda confundida, me deja así. Sin goce, con la culpa que da rabia, con el recuerdo vivo de los que me enseñaron desde niña que gustarme estaba mal. 

Pero te vi ser como yo cuando no me juzgo, más fresco quizás, porque vos ya sos así, sin vueltas, sin este análisis de tantas palabras.  

Voy al lado tuyo y camino al agua sintiéndome la más linda. Y eso se me queda. La seducción, la convicción de que el bikini me deja la cadera balanceándose hermosa. Deseada. Acariciada por los ojos de gente que seguramente no me está mirando. Yo no los estoy mirando. Yo me miro la piel. 

Me gusta jugar con vos a esto de gustarnos. Convertirnos por gusto en los cuerpos preferidos del sol. Calientes, bronceados, babeados por nosotros, salados por el mar. Las olas nos tiran porque aman vernos revolcarnos. Tragando agua en los chupones. El mar tiene otro sentido cada vez que me atrapás por abajo del agua y yo caigo, y reímos, y nos levantamos, y las olas nos vuelven a tirar, enormes, forzudas, chocando nuestros cuerpos llenos de goce y de ojos cerrados, concentrados en los besos y en las lenguas y en las pieles. Una vez y otra y otra y así hasta extender  esa sensación para siempre. 

Unas señoras hablaban en la playa hoy. Debatían si pampita y pico se aman de verdad o si se usan para su negocio, el de si mismos y sus cuerpos. 

No lo sé. 

Te adjunto la foto por si querés venir a jugar. 

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