molly

Siempre admiré a esas personas que en todo momento dicen lo que piensan. Con sus actitudes y manera de hablar fuerte, que te hacen ver su punto de vista, sus ideas, sus pensamientos. Y parecían llevar sus vidas de una manera tan bien y sin problemas que, de cierto modo, cuando fui creciendo comencé a ser así, compartir mis pensamientos sobre algunas cosas sin miedo y con fuerza. 

Sin embargo, había algo que me hacía débil a la hora de discutir, de mostrar mi enojo y rabia, de dejar salir al lobo interior que tenía por alguna parte. Gritaba de ira, enfurecía y desgarraba todo buscando salir y provocar un revuelo, porque sabía que, en ocasiones, era necesario hacerlo. Desahogar todo aquello que nos agobiaba. Pero no podía, simplemente, ese algo que lo impedía me hacía callar todas esas palabras de descarga que se atoraban en mi garganta en cada ocasión y terminaban transformadas en lágrimas llenas de dolor y enojo. 

Iba pasando el tiempo y la misma rabia seguía dando vueltas, queriendo salir. Buscando la oportunidad para dejarse ver por primera vez, y no sólo en lagrimas. Lágrimas que para aquel lobo no demostraban nada más que debilidad y lo mismo de siempre, guardarse lo que nos hacía mal y que de a poco nos iba debilitando por dentro. Y nos irritaba.

No lo vi venir. Nadie lo vio venir. Ni siquiera esa parte de mi, sumisa a todo, que me mantenía callada. Pero pasó; el lobo encontró el momento adecuado y salió por primera vez. Sucio, despeinado, como esas cosas que guardamos en algún sótano y terminan llenándose de polvo. Pero con los ojos y la boca bien abiertos, dispuesto a hacerme decir cada cosa que pensábamos y si era necesario, herir los sentimientos de aquellos otros lobos conocidos que nos hicieron revelar esas lágrimas que luego de derramadas nos provocaban tanto asco. 

Claro que volvimos a nuestro escondite, callados por las partes de mi que miraron sorprendidas y un poco horrorizadas aquel revuelo que desde siempre habían impedido que ocurriera.

Aunque la paz interior que se sentía era tremenda, una vez que todo pasó mi cuerpo se desplomó en el piso como si se sacara una mochila pesadísima de encima la cual llevaba cargando por mucho tiempo. Y fuimos uno sólo, sin diferentes partes haciéndome actuar distinto.

Todo parecía tranquilo, nadie dando vueltas con esos pensamientos negativos que me debilitaban. Les había hecho saber a todos lo que sentía, lo que me hacía enojar sobre ellos. No me había guardado nada. Me había desahogado. ¡Y sentía tanta paz!

***Compartí este artículo :)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.