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Dicen que la anorexia nunca te deja. Nunca se va del todo. Podés
curarte, podés «graduarte» de la terapia y los medicamentos, podés
volver a una vida feliz. Pero el fantasma, el susurro de la culpa, de
la perfección, del inconformismo, del dolor que esa maldita enfermedad
solo causa, nunca se va. Solo aprendés a convivir y a enterrarlo hasta
donde más abajo puedas.
También dicen que uno no tiene la culpa de enfermarse; es tu mente
débil y vulnerable que la deja pasar casi sin darte cuenta. De eso, no
sabría decirte qué tan verdad o mentira es. Siempre me autoconvencí a
mi y al resto de que uno no la busca. Pero siendo honesta, no lo sé.
No sabría explicar cuándo llegó, la memoria confunde. Solo sé que es
el gran error de mi vida, aunque mi psicóloga siempre me quiso hacer
ver que no era -mi- o -un- error.
También sé que lastime mucho a mi familia, y es lo que más siento. Lo
que más me duele, de todas las cosas que dolieron gracias a esto.
Nunca voy a olvidar las lágrimas de mi padre, ese tipo serio y duro
que no sabe/puede demostrar emociones. Y la impotencia dibujada en los
ojos de mi madre. Nunca voy a olvidar el día que mi madre encontró una
trincheta con la que me cortaba -porque la anorexia además de cagarte
la vida, llama a su fiel amiga la depresión- y sus palabras de súplica
de que antes de lastimarme a mi, que la lastimase a ella.
Hay muchas cosas que no se borran. Que no se curan. Tampoco se cura el
rencor que siento que sale de mi madre por todo el dolor que causé.
Sus palabras no explícitas y otras sí, a lo largo de los años, porque
ella no sabe si yo no lo busqué. Si en realidad podría haberlo
evitado. Yo tampoco lo sé.
Hay muchas otras cosas que sí sanan. Me podría haber muerto, y eso
creo que me hizo valorar todo mucho más. De odiarme y odiar a todos, a
amar mucho las cosas, a las personas, a la vida. De creerme lo más
inservible y fea del mundo, a poder verme y apreciarme, gustar de mi,
sentirme orgullosa de quién soy ahora. De llorar todos los días
durante todos esos años, a encontrar felicidad en cosas tan simples
que quizás a vos te parecerían bobas.
La anorexia es una mierda. Es dolor y odio, es estar más muerta que
viva. Te saca la libertad, la risa, tu personalidad, y te transforma
en alguien oscuro, en la antítesis de lo que eras. Nunca sana del
todo. Todavía no me pude perdonar. Pero si sé que podés volverte a
amar. A tener ganas de vivir y a comerte una buena comida grasosa -o
varias-, sin contar calorías. A tener unos kilitos de más y no
preocuparte. A tener días malos, pero jurarte nunca más volver a caer,
y mantener esa promesa. Aunque cueste, aunque duela. Porque sí, hay
días en que la sombra vuelve a aparecer, a susurrarte, a hacerte
llorar y dudar. Pero no puede volver a entrar si no la dejas.
Yo hoy elijo ser libre y feliz. Y vivir, más que nada. Porque por
muchos años la que vive es ella, no vos.
Y si a vos alguna vez te tocó o toca de cerca, espero que puedas
volver a ser libre, de corazón.

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