noctiluk

Enero empezó con los pies en la arena mojada, con compañeras de vida y amor. Había olor a eucaliptus y fuego en la noche. Disfruté de lo sencillo de acampar y después pasé unos días en el que sin dudas es mi lugar en el mundo. Celebré la música y me bañé en agua de río. 
Febrero fue el mes que más disfruté en barrio sur: vereda, mate, cerveza, rambla y candombe por la puerta de mi casa. También fue mes de comienzo, cuando nos reunimos muchas más maestras y feministas de las que hubiese pensado. 
Marzo empezó con un gran desafío a nivel laboral que me hacía mucha ilusión: cambiar de área, trabajar en colectivo, con muchos niños y niñas. Proyectamos algo hermoso para celebrar el mes de la mujer y lo que se generó me movilizó hasta las venas. Pero todo se tiñó de gris cuando repentinamente sentimos la amenaza latente, el miedo instintivo. Este mes me conmovió la fuerza colectiva. Terminé el mes viendo una inmensa luna llena desde el balcón de Chiche. 
Abril lo empecé en círculo -si tuviese que ilustrar mi 2018, sin dudas la forma sería circular- escuchando lecturas de mujeres de distintos países y abriendo mi propia escritura. Conocí mujeres cursiva con las que me abracé y me lloré. Me decidí a hacer el curso que tanto quería en Buenos Aires y empezó la travesía de cruzar el río mes a mes. 
Mayo continuó siendo circular, con sede en lo de Chiche y Oma. Me hice un blog impulsada por el desafío de publicar algo allí cada día del mes, y -casi- lo hice. Marché en silencio y con ojos vidriosos, como hace varios años. Hubo un encuentro de amor con aroma añejo que me hizo vibrar. 
Junio vino con el frío y el cansancio pero un sábado mi casa se visitó de colores y sabores. Mientras dejábamos ir nuestra ropa sentí que ese sitio ya no me pertenecía, y que tenía que cerrar así: con amor y festejo. Escuché mis registros, agradecí la apertura.
Julio estuvo para transitar la vida en su etapa de muerte. Transitar la despedida, agradecer la herencia, acompañar con el abrazo. La crudeza en el trabajo cotidiano no ayuda en los momentos difíciles personalmente. Me hundía en la angustia. Me acompañaba una mujer mandarina del otro lado de la epístola. 
Agosto fue verde y feminista. Fue de resonar en los cantos, discursos y aullidos. Jugué de nuevo, extrañé trabajar jugando. Me encendí. Busqué un nuevo hogar anhelando una ventana hacia las ramas de los árboles. 
En setiembre apareció ese hogar con ventanas al verde y al mar, me costó mucho guardar las cosas en cajas y lo hice todo en una madrugada como para ni dejar lugar a la lágrima, tal vez por eso cuando tuve que escribir sobre un anhelo elegí las lágrimas. Recorrí Buenos Aires con distintas personas de mi amor. Marché por el amor de todos colores. Me encendí en un abrazo y me escapé.
En octubre vi nacer una flor amarilla y también la vi morir. Homenajeamos a las abuelas y leí en público. Festejé por la vida, porque Drexler tenía razón. Y también revoleé el pañuelo amarillo por la libertad de ser. 
En noviembre me vi al espejo y me sentí más vieja. Me cuestioné mi vida, mis sueños, mis metas. Me perdí en la incertidumbre. Lloré.
Diciembre fue de asimilar el peso del año que terminaba, identifiqué la intensidad y reconocí el cansancio en el cuerpo. El año dolió. Conecté con la alegría de que se terminará, pero también me cuestioné cómo lograr transitar el próximo año de otra manera. Sentí impotencia. Me compré un pasaje de avión hacia el encuentro. 

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