rima

Enero, tinieblas, cuchillos, el frío suave y constante de Guadalajara. El miedo, el dolor, el llanto, el túnel interminable. El último día un eclipse, un vuelo a las seis de la mañana. Lima me recibe gloriosa, de verano, de lilas y celestes, de desierto, de Callao y barcos. De la amabilidad inexplicable de toda esta gente. Me escapé de la pesadilla, el mundo se abre de nuevo. Febrero con el malecón, la arena, las piedras, las olas, la sal. Las caminatas por la ciudad de madrugada con Sabiel. Más allá están las montañas, y sé que vine acá para volver a ellas. Pienso, dudo, me subo a un ómnibus y llego a Huaraz. Davide me invita un café y descubro en él y su novia un espejo. Cada vez extraño menos a México y al negro. No es ahí a donde quiero volver. Llega marzo, llega Julián, llega la primer caminata de días por la montaña, una noche nos abandonan a los dos en el camino, sin agua, sin comida. Nos fumamos un porro en la carpa y nos acostamos cantando canciones de los Redondos. Rezo en silencio, la tristeza es desazón, es dolor, es miedo, es el vacío que no me espera, es darme cuenta que no quiero volver a México ni al negro, que me cansé, que esa vida no es mía. Julián me abraza y  me dice gurisa, Julián se va a Tarapoto. Lloro tanto que mi madre se preocupa, ella, que nunca viajó, me dice que viaje. Vico y Lili me cuentan que están embarazadas. Hay tanta vida, tantas flores, tanto sol. Hay tanta música, tanta gente hermosa, tantos sueños, tantas canciones por escribir. ¿Cómo las voy a cantar en Guadalajara? Cierro los ojos, lloro, trago saliva, y decido vivir mi vida para mí y nadie más. Voy a cantar, voy a recuperar mi ukelele que se quedó en México. Voy a decirle al negro que no voy a volver y me va a decir que él es más feliz sin mí, voy a llorar en la escalera que sube a la azotea, sintiendo que me desangro, pero sabiendo que es la última vez que lloro por él. Y voy a salir a pasear, voy a ir a todos los vernissages a los que Cecilia me invite; en uno voy a tomar tres copas de vino y comer tequeños, hablar de Galeano y Uruguay con un pintor y un poeta, me van a invitar a Iquitos y voy conversar con todas las personas, hasta encontrarlo a él. Y vamos a hablar, en inglés y durante un tiempo eterno, inmóvil, mágico y brillante que la cerveza nos hará olvidar, de lo raro que es ser los únicos extranjeros en este lugar. Vamos a salir de ahí para fumar un porro por la calle, ese que él armó antes de salir de la casa, mientras le preguntaba a Peter “Shall i bring a joint? I hope i might i meet someone tonight.”. Vamos a bailar Sexual Healing en el bar que por meses sería nuestro bar, al otro día me va a invitar a cenar, al otro a almorzar, y yo a intercambiar libros. Vamos a cocinar e ir a la casa de sus amigos a hacer música, voy a sentir que desde que tomé la decisión de amarme, respetarme y quedarme en Sudamérica para estar cerca del arte, llegó inesperadamente a mí la música, el quechua, un hombre que toca el banjo y me hace bombones y curry. Voy a pensar que la última semana de marzo de 2018 fue la más hermosa, fugaz, eterna, rutilante y bendita del año.

Aún es marzo, un mes de 31 días sobre el que podría escribir veinte páginas. El día que me tengo que ir de Huaraz, un aluvión derrumba un puente y bloquea la carretera. “¿Y si me quedo hasta que lo arreglen y escribimos un huayno juntos?” Él sonríe con una luz que nunca vi. Nos conocemos hace tres días. Ya vivimos juntos. Me prepara el café cada mañana, cocinamos, vemos documentales, nos reímos, hacemos el amor. Llega abril, el 2 ya tenía trabajo. Ya tenía una rutina, mi juego de llaves y aunque no sabíamos, éramos novios. Le escribí cartas de amor y le hice dibujos, teniendo en mi pasaporte 90 días más para estar juntos, mientras despacio llegó mayo con las fiestas patronales. Él se fue a su país y me dejó en su casa. Sin decirnos te amo, puso estantes y compró perchas para mi ropa. Aprendí, con él, día a día, el valor de las acciones más allá de las palabras. Comencé a aprender los nombres de las calles y a acostumbrarme a ver orquestas, bandas, shacshas, procesiones y funerales en mi camino al trabajo. Lo extrañé y descubrimos a Khruangbin, que fue la banda sonora del resto del año. Volvió con regalos y con mi ukelele, que viajó a EEUU sin mí. Abrazamos junio juntos, y el año ya era de los dos, la vida ya era juntos, con nuestro café de la mañana, con nuestros abrazos en la cama, con las idas al campo, los paseos por la montaña, nuestros idiomas y nuestras lenguas enredadas. Las panzas de mis amigas estaban cada vez más grandes y mi sonrisa también. Mi mamá me dijo que me veía feliz y sentí que entonces sí, era real, todo esto estaba pasando. Mis amigas me dijeron que me sentían feliz y sentí que entonces sí, era real. Dejó de llover. Cada mañana se veían majestuosas y gigantes las montañas. Los glaciares parecían hablarnos. Decidí empezar los trámites para mi residencia. En Julio fui a mi primera fiesta patronal, tomé caliche con gusto a leña quemada. En agosto cumplí 32 con una torta comprada, vino y happy birthday. Acampamos. Miramos las estrellas. Me pregunté de dónde había salido este mundo nuevo, esta vida nueva. Cambié de trabajo. Leí mi diario anterior y descubrí que había tenido sueños premonitorios que empezaron a tener sentido. Huaraz me había estado esperando, y yo siembre había sabido que tenía que volver. En setiembre empezamos a ir a la chacra, a sentirnos parte de la tierra y a pensar en mudarnos. Hablé con las plantas, me respondieron. Comencé a meter las manos en la tierra, a conocer a las zanahorias, las papas, las lechugas, frutillas, guayaperas y tomates. Éramos felices cocinando con el sol. Samuel comenzó los trámites para su residencia y empezamos a ir a hacerlos juntos. Cada ida a la costa se volvió un ritual de ceviche y compras para la casa. En octubre tímidamente comenzaron a volver las lluvias. Aprobaron mi residencia, festejamos juntos. Dejé el trabajo para irnos al campo. En noviembre vino mi mamá, la extrañaba, extrañaba charlar con ella y tomar sus mates. La llevé a conocer esta tierra que ahora es mi casa, la vi bailando en la plaza de armas. Nacieron mis sobrinos, lloré por sentirme lejos. Hablé con mis amigas, me dijeron que había estado más cerca que nunca. Recé por mis gurisitos, tomando mate todos los días. A Samuel le aprobaron su residencia. Festejamos juntos, él probó por primera vez un alfajor. Empezamos a soñar con viajes, con casas, con autos, con rampas de skate y toboganes. Diciembre nos trajo idas a la playa, un arbolito de navidad, comer turrones uruguayos, reordenar la casa, pensar en mudarnos al campo de verdad, estar aprendiendo a hacer dulces, escuchar propuestas, sacar pasajes, abrazarnos fuerte, bailar música criolla, mirar atardeceres en el desierto, empezar a saber que ya nos conocemos tanto y sentir que we belong together. Y que no sabemos cómo será el que viene, pero que el que se va fue.

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