tormenta

Empecé el 2018 en la casa de mi abuela, brindando con mis tíos que vinieron de Brasil. No tenía licencia pero enero en la ciudad nunca fue un problema para mí. Siempre sentí que en este mes la ciudad era un poquito más mía y Palermo más aún. Unos días después estaba comprando una carpa por Mercado Libre y me fui a Punta Ballena con amigos, me sorprendí con la cantidad de huevadas que hay que llevar para irse 3 días. Me bañé en el mar, me sentí libre.
Empecé y terminé Mad Men (oh, qué cliché) la que es para mí la mejor serie de la historia y a la que todavía no le encuentro reemplazo. Preparé exámenes de facultad, comí helados en el trabajo (por placer y por tener una excusa para pasear), fui al cine con C, (The Disaster Artist nos sacó carcajadas zarpadas), empecé a aprender a tocar el ukelele, esperé cosas que hoy pienso que no tendría que haber esperado. Pasé nervios al pedo.
Me hice la carta natal: hacía tiempo que quería tacharla de mi lista de deseos. Entendí un montón de cosas. Me obsesioné un poco con la astrología y empecé un cuaderno sobre eso. Una noche se me dio por ver Los puentes de Madison y lloré lágrimas gordas. La puta madre. Nunca dejé de extrañar, para qué me hago la dura.
Leí el libro Hacia rutas salvajes y ahora es uno de mis preferidos.
Me tatué. Recibimos regalos de una amiga que vive en Noruega y los abrimos con C en el Parque Rodó tomando cerveza.
En febrero me dañé con la película Call Me By Your Name. Anoté en mi agenda “Nos desprendemos de mucho para curarnos más rápido que a los 30 quedamos en quiebra. Y cada vez tenemos menos para dar”. Ouch.
Leí el libro de Moria Casán. Salvé exámenes de facultad y me sentí un poco orgullosa de poder.
Me fui a Punta del Diablo con amigos, a un hostel lleno de gente “grande”, no sé cómo decirlo sin que suene ridículo, pero si. Hicimos playa, me fui de los boliches temprano y sola a dormir a la habitación con una pareja de brasileños porque odio salir. ¿Para qué salgo?
Ví Coco dos veces en el cine (Recuérdame, qué canción más linda) y me tatué de nuevo.
Tuve una entrevista de laburo para un puesto que mucho no me interesaba. Mi incontinencia verbal me llevó a decir “trabajé en marketing y estaba tipo el Chano”. No me llamaron, obvio.
Detesto marzo porque es el mes de mi cumpleaños, y nunca me llevé bien con mis cumpleaños desde que caí en que eso es crecer (mi madre siempre se esfuerza en hacerlo un poco más feliz para mi: esta vez fue con una torta inmensa de chocolate, a lo Matilda) pero también es el mes en el que cumple mi abuela. ¡96 años, abuela! Somos afortunados.
Me regalaron medias de Ricardo Fort y de Moria Casán.
Fui a la marcha del 8 de marzo con ex compañeras de laburo. Me sentí poderosa.
Ahora me gusta el fernet, ni idea cómo pasó. Una vez me dijeron que a partir del cuarto fernet que tomás es que te empieza a gustar. Creer o reventar.
Empecé otro semestre en facultad. Le regalé entradas para el ballet de La Bella Durmiente a mi madre y fuimos juntas. Yo nunca había visto ballet.
Me dieron el aumento de sueldo que había pedido en enero. Ok, me la banco un poco más a gusto, dentro de todo no está tan mal.
Menos mal que con C sacamos entradas para el recital de Phil Collins porque nunca nos hubiésemos perdonado no haber ido. La tormenta nos chupó un huevo, nos bailamos todo. Empezó a llover con In the Air Tonight: magia.
Una noche fui al cine y entendí que el problema es que siempre espero que el final de algo sea sorprendente o maravilloso o lindo, cuando hay finales que no son sorprendentes o maravillosos o lindos, sino que sólo son. Cumplir años pega más que la falopa.
Abril. Siempre me gustó Abril como nombre. Fui al Desachate. Tuve una charla con alguien que quiero y me partió al medio. C tiraba botellas de cerveza por el balcón del Argentino Hotel. Esa madrugada fue para las dos demoledora.
A la mañana yendo a la terminal éramos la versión morocha y pobre de Paris Hilton y la amiga en The Simple Life: cargando valijas, arruinadas y todavía borrachas.
Escribí y mandé un mail sincero, dije lo que sentía y se sintió como sacarse un peso de encima. Aprendí a tocar Polvo de estrellas en el ukelele.
En mayo tuve respuesta del mail sincero que había mandado en abril, un divague.
Fui a ver a Casciari al Café Tribunales. Qué lindo y placentero es escuchar a alguien que lee cuentos en voz alta. No me aguanté y me acordé de quien me hizo leerlo, le dí las gracias. Un día volviendo del trabajo le pedí al Universo una señal y en la calle una mujer le dijo a otra “No esperes más”. No quise creer.
Comí guisos con amigos, celebramos cumpleaños, acaricié muchos gatitos, me tapé el tatuaje marginal que tenía en la nuca. Un dolor de huevos la curación.
Ahora uso lentes de descanso. Ok no voy a mentir: esto hace un poquito feliz a mi yo del pasado. Llentes y un yeso fueron dos cosas que quise cuando era niña. Ya sé, es una estupidez.
Veo mi agenda y en junio dejé de planificar el mes como lo hacía hasta entonces. Leí Tokio Blues. Me gustó pero no me encandiló como a toda la gente que conozco. Debo ser yo la deforme. Rendí parciales, entregué obligatorios, nos felicitaron en las defensas orales, comí meriendas con amigas que estrenaban casa, vimos los partidos del mundial en la tele del laburo con bizcochos. Me devoré la serie Versalles. Como todos los años escribí deseos para quemar en la fogata de San Juan. Spoiler: nunca se cumplen.
Me encanta julio, pero este fue un mes difícil. Leí El cuento de la criada y después vi la serie con mamá. Uf, durísima.
Encontré la cámara de fotos que llevaba a los campamentos del Juventus cuando era chica, compré un rollo en una galería del centro. El local afuera tenía un cartel pegado que decía “Fotos eternas. Fotos de verdad” y me encantó.
Me bloqueé en un parcial con matemáticas (con lo que las odio) y me fui llorando como una demente. Volví a rendirlo unas semanas después, aprobé.
Hice el árbol genealógico para abrirme los registros akáshicos y me largué a llorar. El día de la apertura estuve mejor que la primera vez que los abrí hace dos años. Grabé la sesión pero todavía no me animo a escucharla.
Empecé a planear el viaje de nuestros sueños con M.
Agosto fue feliz: tuvimos un rodaje divertido en el laburo, nos fuimos con C a Buenos Aires, comimos chocolate con churros en el precioso Café Tortoni, fuimos a museos y al teatro Comedy (yo nunca había ido al teatro en Buenos Aires), comimos pizzas, le sacamos fotos al doble de Maradona que anda por La Boca, me compré un mate rosado y de plástico. Más hereje imposible. Decretamos que nunca más en nuestras vidas vamos a viajar por la cagada de Colonia Express.
Vi a Eté y los Problems en vivo por primera vez con F. Esta es una de mis bandas favoritas. Conocimos a unos flacos y terminamos yendo a Hey Chopp. F se fue con uno de ellos, yo me fui a dormir y a vomitar a mi casa. Al otro día encontré en el bolsillo de la campera la tarjeta de uno de ellos que era abogado. Nunca está de más tener un boga en los contactos. Me agregó a facebook, seguro fue porque en la cervecería vendían una birra con chocolate y yo pregunté quién carajo podía tomar eso, que seguro te cagabas parado. Siempre me pasa lo mismo con los pibes.
Aprendí a hacer arepas, fue una fiesta.
Yo juraba que en setiembre ya iba a tener otro trabajo, pero eso no pasó. Fuimos de nuevo a Buenos Aires, esta vez a ver Séptimo Día de Cirque du Soleil en el Luna Park. Me quedé dormida antes de salir a Tres Cruces, Cme llamó y yo tiré el teléfono a la mierda, junté todo como pude y me tomé un uber volando. Llegué con unos nervios terribles, por suerte todo ok. El show es una hermosura, no saqué una puta foto.
Fuimos a El Ateneo y me compré el libro de Pedro Mairal que acá no encuentro en ningún lado. Comimos cosas deliciosas en lugares preciosos, nos sacamos fotos con la estatua de Mafalda.
En Montevideo ya empecé a ir al Parque Rodó a tomar mate y comer churros, a merendar en lugares lindos, a juntarnos a comer panchitos y pizzas y a comer sanguches en el Parque Batlle. Uno de esos días nos agarró la lluvia heavy y anduvimos en patas.
Octubre fue de mis meses favoritos por el solo hecho de que vino El Mató y los fui a ver con F. Amo a esta banda, me hace inmensamente feliz. Nos metimos en el pogo, cantamos a los gritos Chica de oro, Más o menos bien, Fuego… Salí con todas las pilas. A él lo vi esa noche, de lejos. Fui mucho al cine con C y con M. Me hice 4 agujeros en las orejas.
Empecé a hacerme masajes. Nunca me había hecho masajes. Se siente muy bien, aunque M me tiene que decir que me calle y no piense en nada.
Fui al Primavera Cero porque tenía las entradas. No me gusta Nick Cave, perdón.
Pagué 80 dólares para recuperar cosas que borré por error de la computadora. ¿Lloré por eso? Lloré por eso. Me alegré por los logros de mis amigos, los festejamos juntos con hamburguesas y cervezas.
Dos meses y se termina el año, impaktada. En noviembre fui por primera vez al Mercado Ferrando, no me gustó pero me comí un churro y una hamburguesa. Con C vimos a Roger Waters desde el talud y alucinamos. ¿La gente que subía fotos para compartir en todos lados es tarada?
Fui al Montevideo Tropical con A, cumbia y chorolo, my two true passions. También al Montevideo Rock. Ciro y los persas fue alucinante, mucha magia, posta. Me emocioné con el Cuarteto de Nos y La nena no llora hasta las lágrimas, porque así me siento desde hace tiempo. Nunca había visto a Fito en vivo, me obsesioné con su último disco y lo escuché muchas veces en el camino al trabajo. Es un disco hermoso.
Fui a ver a Srta. Bimbo y Noelia Custodio, me dolía la cara de tanto reirme. A partir de acá todo empezó a ir bastante mejor.
El último show que vi en el año fue el de Bomba Estéreo en un diciembre raro y todavía frío. Ese día nos gozamos, no paramos de bailar. Salimos tan detonadas que nos fuimos caminando hasta el Mcdonald´s de la Universidad.
Un día cuando volvía del trabajo caminando por Palermo, por Ejido hay un muro-pared que ese día estaba tapizado de libros, y había un señor ordenándolos. Yo chusma, me puse a mirar y le dije qué cantidad de libros. Me dijo que eran de él y que los vendía, que vive en la calle y que anda en bicicleta. Nos quedamos charlando un rato y me dijo que como yo era piola, que eligiera como si estuviera en un happy hour. Que si pudiera me invitaría a comer lehmeyún de Raffi. Que él cargaba en la bici todo lo que podía, pero que no podía llevarse todos y que si yo no llevaba algunos iban a terminar en el contenedor. Le di la plata que tenía encima aunque no me la pidió, y me elegí 3 libros que todavía no empecé.
Fui medio que por obligación a ver un show de stand up, y aunque no me gusta nada, no fue tan terrible. Soy más tolerante de lo que pensaba con lo que no me gusta. Esa noche vimos cómo una mina tiraba por la ventana de un balcón un monitor, una tele, montañas de ropa… Un flaco (¿su novio?) la miraba desde la vereda sin decir nada. Nunca había visto algo así, sólo en las películas. Fue raro.
Salvé la última materia que me quedaba por cursar. Para el año que viene me queda Taller, Proyecto final y dos exámenes, no está mal.
Fui al FiiS con M, tomamos (tomé) mucha cerveza, comimos terribles helados, me crucé 3 veces con alguien que no quería cruzarme y los dos nos hicimos los boludos.
Hace tiempo que quería hacerme algo distinto en el pelo y me teñí unos mechones de blanco. El de Administración dice que envejecí 20 años y me dio una lapicera BIC con un papelito que dice “María Inés Obaldía”, la verdad que me ofende cero, si me encanta ella.
En el trabajo nos invitaron a una despedida de un día para otro en la casa de alguien que no conocemos, obvio que ninguno fue.
Escuché mucho a Rosalía, a Jaime Roos, Usted señamelo, The Drums. Me di cuenta de que detesto las playlists.
Nos juntamos con amigas en Atlántida, nos dimos regalos de amigos invisibles, tomamos sol, comimos rico, hicimos pavadas.
Me hice masajes antes de que M se vaya a hacer temporada a Maldonado. Me invitó una cerveza en la azotea, charlamos mucho (lo voy a extrañar) y vimos una luna llena muy zarpada, la última del año.
Pasamos Navidad en la casa de la abuela. Fue una Navidad rara, estábamos solo nosotros 4.
Terminé diciembre de la mejor manera, ¡vino AC de Noruega! Alquiló con la mamá una casa en Portezuelo y me fui para allá el 27. Fueron dos amigas de ella y C cayó al otro día. Aprendí a hacer fuego con carbón, hicimos playa, nos bañamos juntas en el mar, tomamos sol, caminamos mucho, vimos Black Mirror, tomamos mucho vino y fernet, hablamos de política y de pavadas, miramos el programa de Verónica D´Andrea y nos reímos a carcajadas, quedamos en hacer cosas con la mamá de AC, que es lo más. También nos vamos a hacer socias de Cinemateca. Volvimos con C a Montevideo el domingo 30, el Cot de mierda nos dejó tiradas una hora en la parada en el medio de la ruta, de noche y con frío. Nunca nada normal nosotras. Llegué a Tres Cruces y me compré un combo.
El 31 trabajé hasta la 1. De tarde confirmé lo que sospechaba hace un tiempo. Me pegó menos de lo que creí, igual fue raro. Me quedé dormida pensando en eso y de noche me fui a lo de M a pasar año nuevo con ella y su familia. Mis viejos se fueron a Punta del Este.
Tomamos mucha cerveza, escuchamos mucha cumbia, brindamos y hacía bastante que no me sentía tan bien y en paz. La moneda está en el aire. Me prometí para el 2019 entre otras cosas, no pensar tanto. Le pegué a mi agenda un sticker en la tapa que dice Revolución.

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