vicky errece

“(…) Y cuando menos lo esperes tu corazón va a sanar (…)” 

Todo empezó de una forma obvia, que aun me sorprende que me haya sorprendido. Pero es que, también, fue un proceso tan lento y doloroso, que es realmente una sorpresa haberme mantenido de pie de una forma tan estoica. Quizás porque no conocía el poder que habitaba en mí. O sí, pero renegaba de ello, porque creía que la sanación estaba en el lado equivocado, y no en mi misma. 

Primero fue entender que hay dolores que habitan mas temporadas que las que uno quisiera. A veces van y vienen, como las golondrinas, pero tienen su nido demasiado arraigado en algunos rincones como para abandonarlos completamente. A veces a la nostalgia le gusta jugar con ilusiones maquilladas de ciertos eventos, y algunos recuerdos se vuelven mucho más bellos de lo que realmente fueron. No está mal, pero hay que transitarlos. Harta de vivir en ese limbo emocional e ilusorio, y en un acto de rebeldía hacia mi tirano corazón roto, me enamore. Pero este fue el último escalón que subí para llegar a sanar heridas, corazones rotos y amores que pusieron puntos suspensivos en las páginas de mi vida.

Casi instintivamente comencé a arrancar pedazos de recuerdos que habitaban mi cuerpo, un abrazo, un beso, una caricia. Todo dolía, dolía recordarlo, dolía sentirlo, dolía arrancarlo. Fui quedando en carne viva, pedazo a pedazo fui arrancando historias que habitaban mi metro cincuenta y siete. Y en un segundo de lucidez me percate que no era por ahí, que aunque arrancara ese abrazo, mi mente y mi corazón lo iban a seguir rememorando, porque para mí significaba mucho más que el encuentro entre dos cuerpos, ese nudo que se forma entre los brazos de dos personas. Que para mí era fusionar de una forma perfecta, como dos piezas de un rompecabezas. Me di cuenta que no tenía que lastimarme más para poder sanar, en realidad tenía que ser mas como la flor de loto, renacer en un lugar adverso, en el barro, en el pantano. Renacer.

No era soltar lo que tenía que hacer, porque todo siempre vuelve, de una forma u otra, vuelve con otra energía, con otra cara, con otra forma. De paso, me gustaría decir que el consejo de “Soltá” me parece la forrada más grande del universo, y que cada vez que me lo dijeron solo tuve ganas de “soltar” una piña en la cara de mi interlocutor. No era soltar, porque somos eso, recuerdos, historias, personas que nos acompañaron, con lo bueno, con lo malo. Era perdonar, y en especial, perdonarme. Perdonarme por haberme perdido en una historia, en haber dejado de ser yo, y ese es mi amor más importante. Yo. Pero no un amor narcisista, un amor bondadoso, cariñoso y de cuidado, como el que brindo siempre para todos los demás. Me había olvidado de amarme de igual manera a mí misma. Y ahí fue cuando me enamoré, y sané todo el dolor que me habitaba. 

Me enamoré de mi misma, y mi corazón sanó.

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2 Comments

  1. Primero fue entender que hay dolores que habitan mas temporadas que las que uno quisiera. A veces van y vienen, como las golondrinas, pero tienen su nido demasiado arraigado en algunos rincones como para abandonarlos completamente. A veces a la nostalgia le gusta jugar con ilusiones maquilladas de ciertos eventos, y algunos recuerdos se vuelven mucho más bellos de lo que realmente fueron.

    Me senti muy identificada, gracias.

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