vicky errece

Papá:

Cada vez que te escucho pedir un whisky automáticamente comienzo a sentirme sofocada, dejo de tener control sobre mi cuerpo y lo único que quiero es huir. Correr rápido, con pasos precisos y fuertes, y lejos, muy lejos de tu lado. Pero no me muevo, estoy sentada, agitada como si estuviese corriendo rápido, con pasos precisos y fuertes, y lejos, muy lejos de tu lado. Me mareo, siento un hormigueo en mis pies. Ya sé que no tengo control, y que si esto no es un ataque de pánico, es el comienzo de uno.

Durante años asistí a tu envenenamiento sistemático, a veces callada, con lágrimas silenciosas rodando por mi cara, otras veces gritándote enojada y, las peores, cómplice y compañera tomando a la par tuya, creyendo que así ibas a beber menos. Tu copa que no tenía fondo y la mía parecía no tener la solución a tu bebida infinita. 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que  me di cuenta de lo que pasaba con vos, creo que las primeras fueron de vergüenza porque para mí te hacías el gracioso, y no lo eras. Luego vinieron las de angustia, porque ya sabía que era un problema. Nos arrastraste a todos al fondo de tu botella. A algunos con mayor violencia que a otros. 

Me sofoco de angustia al recordar cada evento al que nos expusiste por tu adicción. Manejar borracho, hacer que mi hermana de 9 años pidiera a gente que no conocía que manejara tu auto, gritarnos, insultarnos. Golpear a mi hermano, amenazar con matarte. Podría enumerar un sinfín de actos protagonizados por vos y tu botella infinita, somos testigos silenciosos, porque vos no tenes ningún problema, según vos. Somos rehenes de tu sed, porque no tenemos forma de escaparle, porque en cuanto decimos basta, nos perseguís, nos atrapas, nos retenes. “Alcohólico hijo de puta” te grite una vez, y siento la misma culpa mientras lo escribo. ¿En serio? Si, siento culpa. Me angustia saber que sos alcohólico. Me duele saber que es producto de tu soledad, pero que es consecuencia de tus acciones.
Hay una guerra infinita entre vos y yo. A veces creo que vos no me queres, y otras creo que tenemos una conexión especial, que no es casual que me hayas nombrado como a tu madre, a quien describís como una psicópata no diagnosticada, pero a quien admiras por su empuje. Hace un tiempo que sé que lo único que me une a vos es la cuestión biológica, pero aun así, sigo ahí. Sigo acompañándote, sigo viéndote, sigo diciéndote “papa, te quiero.” ¿Por qué, si sos todo lo que no quiero en mi vida? Y, quizás, la respuesta a eso es que soy adicta a buscar los pequeños momentos en los que sos mi papá, y no un “alcohólico hijo de puta.” Cada vez son menos, como cometas que se extinguen dando vueltas en el universo. Cada vez los busco con menos deseo, con menos amor, con mucho dolor. A veces quisiera que vuelvas a ser el papá que recuerdo de mi niñez, no el que se enojaba y contaba hasta 3, sino el que ponía música y nos hacia bailar, el que nos llevaba a pasear y nos inventaba historias para ir a dormir. Y ahí me doy cuenta que te extraño, que el que sos ahora es producto de tu alcoholismo, y que el que fuiste es a quien busco cuando te digo que te quiero. 

Me quedo acá, con vos, por si ese papá que yo extraño aparece y lo puedo retener hasta el fin de tus/los días.

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